El gigante inerte dormía de pie con la boca abierta al otro lado del cristal. Sean Holland tocó la gélida ventanilla con la mirada tras recoger el vaho de su superficie con los dedos. El edificio donde se encuadraba parte del departamento de antropología de la Universidad de Harvard, el James William Hall, era un monstruoso monolito blanco que amenazaba con su siniestra modernidad el anatópico paisaje universitario inglés de su alrededor. Había comenzado a nevar. Sean acompañó a uno de los finos copos de nieve en su caída. La trayectoria de éste era errática, desviada por un flujo de aire discontinuo que lo arrastró contra el borde inferior del parabrisas. Por un instante, el único pensamiento del profesor Holland resultó del intento de resolver una cuestión básica: ¿había seguido a aquel copo de nieve con la vista porque sabía que acabaría fundiéndose lentamente sobre el parabrisas o, por el contrario, la selección del mismo fue aleatoria y su destino azaroso? Intentó repetir el ejercicio con varios copos de nieve hasta que el vaivén continuo del mundo le hizo sentirse turbado. Con la calefacción del coche apagada, el frío había comenzado a invadir el interior del vehículo. Sean decidió entonces abandonarlo. Anduvo a paso rápido hacia el interior del edificio con la certeza de que el aliento del monstruo aletargado le reconfortaría. Engullido por voluntad propia, el paladar de la bestia y su amable atmósfera le permitió estirar los músculos, enderezar el cuello y abrir por completo los ojos. Saludó cortésmente al conserje cuando pasó a su lado rumbo a las escaleras y procuró ignorar a los agregados de alumnos que se encontró en los pasillos, tal como hacía inconscientemente en su propia facultad ante la expectativa de que algún alumno suyo le asaltara e interrumpiera el libre acontecer de su vida.
Cada escalón le incitaba a una breve pausa para reflexionar sobre la idoneidad de aquella repentina visita y su verdadera utilidad. Alcanzó la tercera planta habiendo perdido completamente la esperanza de encontrar a su primo allí, justo en el momento en el que la vuelta atrás se tornaba tan absurda como la visita misma. El profesor Holland, atrapado en la frontera de su memoria, se detuvo en el umbral de la escalera e intentó recordar el lugar exacto donde se ubicaba el departamento de antropología social. La opción de preguntar quedó relegada poco a poco conforme vagaba a través de corredores vacíos y esquinas imperturbadas imitando el movimiento errático de los copos de nieve en el exterior. Al final, se topó con un par de mujeres jóvenes, probablemente becarias, que compartían mediante cuchicheos alguna nimiedad de sus vidas carentes de todo interés. Éstas le orientaron hacia su destino, aunque no supieron satisfacer su curiosidad principal; tan sólo conocían de vista al doctor Edmond Reilly.
La información que obtuvo Sean en el departamento no resultó mucho más útil. A dos puertas del despacho de Edmond, la secretaria del departamento, una mujer rechoncha de pelo oscuro y rizado y expresión arrogante, cuya edad quedaba oculta tras su piel pintarrajeada, frunció los labios al oír el nombre de su primo.
−El señor Reilly salió hace casi un mes y no ha regresado, ¿le dejo algún mensaje? −reprodujo su voz con la cadencia de un magnetófono, sin que el resto del cuerpo abandonara sus tareas.
−¿Sabe dónde ha ido?
−No.
Tal desprecio hacia la curiosidad hizo suspirar a Holland.
−¿Podría acceder a su despacho?
Aquella secuencia de palabras no encontró respuesta automatizada y obligó a la secretaria a recurrir a su dormitante capacidad de raciocinio.
−¿Para qué? −inquirió intrigada.
−¿Alguien se ha molestado en intentar averiguar su paradero?
La mujer ocluyó los labios embadurnados de carmín, que se agitaron como dos babosas inquietas. La sensación de asco que sacudió a Sean tras la primera respuesta de aquella criatura burocrática adquirió integridad física: un olor desagradable ascendiendo por su nariz. El aleteo de sus fosas nasales debió ser tan exagerado que la secretaria lo aprovechó como excusa para obviar la pregunta.
−Debe ser de algún sumidero atascado −en realidad, parecía estar excusándose a sí misma−. Algunos días es insoportable. Ya hemos avisado al fontanero.
−Entiendo −se limitó a responder Holland, mirando la esfera de su reloj. Llevaba más de una hora fuera de su despacho−. Oiga, soy primo de Edmond. Seguro que a él no le importaría que entrara un momento a su despacho a coger una cosa.
−No insista. No pienso abrirle. El doctor Reilly dio orden expresa de que bajo ningún concepto se abriera la puerta de su despacho, ni siquiera al servicio de limpieza.
Sean no pudo evitar rememorar la habitación de Edmond en casa de su tío George durante el tiempo que estuvo viviendo allí. La puerta de ésta jamás se cerraba. A Edmond no sólo no le incordiaba que metieran las narices en sus asuntos, sino que, además, encontraba cierta satisfacción en ello. Si hubiese observado a su primo en ese instante, casi implorando a la secretaria que le diera la llave de su despacho para hurgar entre sus papeles, habría estallado de gozo. No encontró ningún sentido en la orden que dejó al resto del personal del departamento. Pero tampoco podía cuestionarla. Ahora Edmond visitaba a su psicóloga, lo cual implicaba que su personalidad había sufrido algún tipo de cambio drástico, de tal magnitud que incluso él mismo había llegado a preocuparse. O quizás fue otra persona la que se preocupó por él. Dos meses eran más que suficientes para buscarse una fuente de cariño y atención, aun para alguien tan entusiasmado por su trabajo como Edmond. De cualquier modo, Sean llegó a la conclusión de que allí sólo perdería el tiempo. Si tenía que recurrir a una persona para desvelar el paradero de su primo, Clare McKenna era la más idónea.
−De acuerdo −giró lentamente sobre sus talones−. Lamento las molestias.
La secretaria no contestó, sino que se limitó a teclear algo en su ordenador. Como siempre que mentía, Holland sorbió aire con su nariz de manera casi espasmódica, y detectó que el olor se había extendido también por el pasillo. Echó un último vistazo a la puerta del despacho de Edmond, un burdo trozo de madera no muy distinto en funciones al muro donde se encajaba. Ambos elementos arquitectónicos se habían convertido en una pieza sólida, lisa, opaca y contumaz, oculta en las sombras deformes de los pasillos. Sean se sentía atrapado en un prisma alargado, retorcido y triangulado por luces y sombras apagadas, que poco a poco produjeron múltiples formas con un patrón repetitivo, a modo de calidoscopio. La serpiente eléctrica que desde sus pituitarias había ascendido hacia lo más recóndito de su cerebro le produjo un mareo súbito y transformó el hedor en otro color más. Un color perdido en algún límite infinitésimo del espectro electromagnético. Sean tomó aire, advirtiendo angustiado que había permanecido como quince segundos sin respirar. Tal vez sólo se tratara de eso. La falta de oxígeno durante el tiempo que había tratado de evitar el olor le estaba afectando. Entonces, ¿por qué lo olía? Si no había respirado durante largo tiempo, ¿por qué retenía aún aquella pestilencia temible? Por primera vez, y puede que esa fuera la causa que le empujó a abandonar aquel lugar sin demora, se preguntó acerca del verdadero origen del olor.
No se recuperó por completo hasta que transcurrieron quince minutos. Aprovechó la corta distancia que separaba el lugar de trabajo de su primo y la consulta de Clare McKenna para caminar a través del aire frío e insípido del Cambridge invernal. Sean gozaba de una memoria prodigiosa cuando trataba de orientarse entre puntos vagamente conocidos, incluso con sus sentidos desatentos; no le costó demasiado encontrar una ruta entre el enjambre ordenado de edificios más o menos antiguos de escasa altura, la mayor parte de ellos viviendas. Su destino no era una excepción; la doctora McKenna atendía a sus pacientes en una habitación acondicionada como despacho dentro de su propia casa. Clare no tardó demasiado en responder a la tímida llamada que Holland provocó con sus nudillos huesudos sobre la puerta. El profesor devolvió sin dilación la mano desnuda al bolsillo, su única fuente de calor durante el trayecto, unos segundos antes de que la doctora abriera la puerta y encontrara a aquel hombre enjuto y pálido a punto de fundirse con el resto del espacio gélido y níveo. Los enormes ojos de ella, luciendo un iris tan azul como el cielo neblinoso del alba, rebosaron de asombro y, en cierta manera, también de compasión.
−Hola, Sean. No te esperaba aquí −declaró con su laconismo característico, apropiadamente exteriorizado a través de un sensible tono nasal en su voz que evocaba a una computadora parlante.
Le invitó a pasar al interior y cerró la puerta. De inmediato, Holland le habló de su creciente inquietud y de la infecundidad de la visita al departamento de Edmond. Mientras tanto, Clare casi tenía que ir empujando a su invitado en dirección al cuarto de estar, pues se detenía cada vez que iniciaba una frase. Era evidente que se encontraba bastante alterado.
−Empiezo a pensar que esto no es normal, Clare −Sean aguardó a que la mujer de grandes ojos azules le indicara tomar asiento en uno de los sillones del cuarto de estar y se dejó caer en su mullida piel de cuero negro−. Edmond suele ponerme al tanto de sus quehaceres, incluso de los más cotidianos. ¿Por qué ocultar la razón de su ausencia? ¿Por qué no me dijo que visitaba a la misma psicóloga que yo? Además, ha cerrado la puerta de su despacho a cal y canto con la premisa de que nadie entre allí bajo ninguna circunstancia. Ese no es ni por asomo el Edmond Reilly que yo conozco.
Clare se sentó en el sofá contiguo y se recostó sobre la esquina de éste frotándose los ojos con las puntas de los dedos. Parecía agotada. Y más delgada de lo habitual. Su pelo marrón se encontraba oscurecido por una fina capa de grasa. La piel cerca de sus pómulos y de sus ojos se arrugaba de forma apreciable y poco común en una mujer de tan solo veintisiete años. Clare era madre soltera de un insufrible demonio preadolescente, por fortuna encerrado en un centro educativo a esas horas del día.
−Sean −la mujer dejó caer el brazo y reveló la decepción candente en sus ojos−, lo siento. Sería poco ético hablar del material de mis consultas, incluso tratándose de alguien tan cercano a ti. Además, no creo que eso ayudara mucho a contactar de nuevo con él.
−Edmond ha cambiado. Y la diferencia entre el antes y el ahora podría orientarnos −el profesor esperó a que Clare se quebrara bajo aquel argumento, pero lo único que trajo dicha espera fueron más miradas vacías cubiertas por párpados cansados y manos ociosas−. Dime por lo menos lo que piensas, Clare.
La mujer esbozó una sonrisa socarrona que se disipó poco a poco en una mueca adusta.
−Pienso que, al margen de lo que piense, vas a ignorarme y dejarte llevar por tu curiosidad insaciable −colocó las palmas de las manos sobre las rodillas y las empujó para estirar los brazos, emitiendo un suave gruñido−. Te recomiendo que vayas a su apartamento y, haciendo uso de las palabras más amables o de las mejores excusas que se te ocurran, le pidas a su casero que te deje entrar. En caso de que halles indicios de que verdaderamente ha desaparecido, llamaremos a la policía. Yo les contaré a las autoridades lo que les tenga que contar y tú, pues lo mismo.
−¿Estaba Edmond metido en algún tipo de problemas?
Los labios vacilantes de Clare pretendieron iniciar varias frases casi al mismo tiempo.
−Había realizado descubrimientos en su trabajo que le excitaban de sobremanera −dijo al fin−. No me quiso revelar los detalles.
−¿Hablas de cuando estuvo en la Polinesia francesa?
La mujer dudó unos instantes, tras los cuales respondió con plena resolución:
−No. Realmente se refería a algo posterior. Edmond comenzó a visitarme hace seis meses, más de un año después de que regresara de la Polinesia.
−De todas formas, ¿en qué momento el deleite por el trabajo se convierte en un problema a la altura de ser tratado psicológicamente? −Holland escondió tras sus dientes apretados una sonrisa orgullosa. El material de las consultas de la doctora McKenna iba saliendo a flote de forma lenta y soterrada.
−Cuando el trabajo se convierte en una obsesión malsana −esto último no fue pronunciado con mucho convencimiento.
Sin embargo, Clare, plenamente consciente de las intenciones del profesor Holland, y pese a su insistencia, no añadió nada más. Sean desistió. No había nada más que sonsacar de aquella mente cansada, aunque no por ello menos hábil. La conversación se deslizó entonces hacia un foso resbaladizo de banalidades que se derrumbó bajo su propio peso con el paso del tiempo. La doctora McKenna debía continuar redactando un artículo para una revista especializada y Holland pretendía ir a los suburbios de Boston, donde se hallaba el apartamento de su primo.
−Mantenme informada de cualquier novedad −le pidió Clare justo antes de despedirse en la puerta.
Holland se limitó a asentir y a emitir un corto sonido confirmatorio que olvidó a los cinco segundos de marcharse, una especie de ronroneo. Estaba disgustado con su psicóloga. En general, estaba disgustado con todo lo que había ocurrido aquella mañana. La gente ocultaba el conocimiento con un celo excesivo e irritante, y, además, lo hacía sin una razón medianamente plausible. Sean no quería robar nada del despacho de su primo, ni tampoco publicar información sobre su estado mental. Él sólo se preocupaba por una persona querida y sentía la inevitable necesidad de saber lo que había ocurrido. Ocultar conocimiento se asociaba a la actitud hostil propia de un escenario bélico, en el cual era también una artimaña básica. Lo más absurdo de toda la situación vivida por el profesor residía en el hecho de que una puerta y una ética pudieran detener esa libertad de empaparse con la realidad del mundo. Como si dos insignificantes mujerzuelas pudieran haber encadenado al logos en el que habían creído muchos de los pensadores de la Grecia antigua. Incluso las disciplinas más teóricas necesitaban de nexos con la realidad circundante, en forma de hechos experimentales y axiomas empíricos. Sean necesitaba que su mente perteneciera al logos, a la realidad universal, objetiva e incuestionable que tantos filósofos se molestaron en espiritualizar. Para ello, la información del exterior debía encontrarse en un íntimo contacto con su razón interna y confirmar cada uno de sus pasos, algo así como los dígitos control se relacionan con los números de cuenta bancaria. Un cúmulo exterior de conocimiento no abarcado era soportable para él, puesto que la información estaba y siempre estaría allí, preparada para comprobar y subsanar incoherencias en la construcción de una lógica. En cambio, cortar el cauce que alimentaba su propio conocimiento convertía su cabeza en una balsa rebosante de razonamientos, que, al carecer de salida, acababan formando un lodo viscoso, podrido y maloliente. Si el proceso persistía demasiado tiempo, ese lodo de razonamientos podridos perdía fluidez y adquiría una textura barrosa, perfectamente maleable por el intelecto. Las nuevas figuras se convertían en un nuevo conocimiento. Un monstruo venenoso. Un velo atroz sobre el extenso y profundo océano de realidades constantemente agitadas por la razón universal, fluida, ligera, etérea y libre.
Cada escalón le incitaba a una breve pausa para reflexionar sobre la idoneidad de aquella repentina visita y su verdadera utilidad. Alcanzó la tercera planta habiendo perdido completamente la esperanza de encontrar a su primo allí, justo en el momento en el que la vuelta atrás se tornaba tan absurda como la visita misma. El profesor Holland, atrapado en la frontera de su memoria, se detuvo en el umbral de la escalera e intentó recordar el lugar exacto donde se ubicaba el departamento de antropología social. La opción de preguntar quedó relegada poco a poco conforme vagaba a través de corredores vacíos y esquinas imperturbadas imitando el movimiento errático de los copos de nieve en el exterior. Al final, se topó con un par de mujeres jóvenes, probablemente becarias, que compartían mediante cuchicheos alguna nimiedad de sus vidas carentes de todo interés. Éstas le orientaron hacia su destino, aunque no supieron satisfacer su curiosidad principal; tan sólo conocían de vista al doctor Edmond Reilly.
La información que obtuvo Sean en el departamento no resultó mucho más útil. A dos puertas del despacho de Edmond, la secretaria del departamento, una mujer rechoncha de pelo oscuro y rizado y expresión arrogante, cuya edad quedaba oculta tras su piel pintarrajeada, frunció los labios al oír el nombre de su primo.
−El señor Reilly salió hace casi un mes y no ha regresado, ¿le dejo algún mensaje? −reprodujo su voz con la cadencia de un magnetófono, sin que el resto del cuerpo abandonara sus tareas.
−¿Sabe dónde ha ido?
−No.
Tal desprecio hacia la curiosidad hizo suspirar a Holland.
−¿Podría acceder a su despacho?
Aquella secuencia de palabras no encontró respuesta automatizada y obligó a la secretaria a recurrir a su dormitante capacidad de raciocinio.
−¿Para qué? −inquirió intrigada.
−¿Alguien se ha molestado en intentar averiguar su paradero?
La mujer ocluyó los labios embadurnados de carmín, que se agitaron como dos babosas inquietas. La sensación de asco que sacudió a Sean tras la primera respuesta de aquella criatura burocrática adquirió integridad física: un olor desagradable ascendiendo por su nariz. El aleteo de sus fosas nasales debió ser tan exagerado que la secretaria lo aprovechó como excusa para obviar la pregunta.
−Debe ser de algún sumidero atascado −en realidad, parecía estar excusándose a sí misma−. Algunos días es insoportable. Ya hemos avisado al fontanero.
−Entiendo −se limitó a responder Holland, mirando la esfera de su reloj. Llevaba más de una hora fuera de su despacho−. Oiga, soy primo de Edmond. Seguro que a él no le importaría que entrara un momento a su despacho a coger una cosa.
−No insista. No pienso abrirle. El doctor Reilly dio orden expresa de que bajo ningún concepto se abriera la puerta de su despacho, ni siquiera al servicio de limpieza.
Sean no pudo evitar rememorar la habitación de Edmond en casa de su tío George durante el tiempo que estuvo viviendo allí. La puerta de ésta jamás se cerraba. A Edmond no sólo no le incordiaba que metieran las narices en sus asuntos, sino que, además, encontraba cierta satisfacción en ello. Si hubiese observado a su primo en ese instante, casi implorando a la secretaria que le diera la llave de su despacho para hurgar entre sus papeles, habría estallado de gozo. No encontró ningún sentido en la orden que dejó al resto del personal del departamento. Pero tampoco podía cuestionarla. Ahora Edmond visitaba a su psicóloga, lo cual implicaba que su personalidad había sufrido algún tipo de cambio drástico, de tal magnitud que incluso él mismo había llegado a preocuparse. O quizás fue otra persona la que se preocupó por él. Dos meses eran más que suficientes para buscarse una fuente de cariño y atención, aun para alguien tan entusiasmado por su trabajo como Edmond. De cualquier modo, Sean llegó a la conclusión de que allí sólo perdería el tiempo. Si tenía que recurrir a una persona para desvelar el paradero de su primo, Clare McKenna era la más idónea.
−De acuerdo −giró lentamente sobre sus talones−. Lamento las molestias.
La secretaria no contestó, sino que se limitó a teclear algo en su ordenador. Como siempre que mentía, Holland sorbió aire con su nariz de manera casi espasmódica, y detectó que el olor se había extendido también por el pasillo. Echó un último vistazo a la puerta del despacho de Edmond, un burdo trozo de madera no muy distinto en funciones al muro donde se encajaba. Ambos elementos arquitectónicos se habían convertido en una pieza sólida, lisa, opaca y contumaz, oculta en las sombras deformes de los pasillos. Sean se sentía atrapado en un prisma alargado, retorcido y triangulado por luces y sombras apagadas, que poco a poco produjeron múltiples formas con un patrón repetitivo, a modo de calidoscopio. La serpiente eléctrica que desde sus pituitarias había ascendido hacia lo más recóndito de su cerebro le produjo un mareo súbito y transformó el hedor en otro color más. Un color perdido en algún límite infinitésimo del espectro electromagnético. Sean tomó aire, advirtiendo angustiado que había permanecido como quince segundos sin respirar. Tal vez sólo se tratara de eso. La falta de oxígeno durante el tiempo que había tratado de evitar el olor le estaba afectando. Entonces, ¿por qué lo olía? Si no había respirado durante largo tiempo, ¿por qué retenía aún aquella pestilencia temible? Por primera vez, y puede que esa fuera la causa que le empujó a abandonar aquel lugar sin demora, se preguntó acerca del verdadero origen del olor.
No se recuperó por completo hasta que transcurrieron quince minutos. Aprovechó la corta distancia que separaba el lugar de trabajo de su primo y la consulta de Clare McKenna para caminar a través del aire frío e insípido del Cambridge invernal. Sean gozaba de una memoria prodigiosa cuando trataba de orientarse entre puntos vagamente conocidos, incluso con sus sentidos desatentos; no le costó demasiado encontrar una ruta entre el enjambre ordenado de edificios más o menos antiguos de escasa altura, la mayor parte de ellos viviendas. Su destino no era una excepción; la doctora McKenna atendía a sus pacientes en una habitación acondicionada como despacho dentro de su propia casa. Clare no tardó demasiado en responder a la tímida llamada que Holland provocó con sus nudillos huesudos sobre la puerta. El profesor devolvió sin dilación la mano desnuda al bolsillo, su única fuente de calor durante el trayecto, unos segundos antes de que la doctora abriera la puerta y encontrara a aquel hombre enjuto y pálido a punto de fundirse con el resto del espacio gélido y níveo. Los enormes ojos de ella, luciendo un iris tan azul como el cielo neblinoso del alba, rebosaron de asombro y, en cierta manera, también de compasión.
−Hola, Sean. No te esperaba aquí −declaró con su laconismo característico, apropiadamente exteriorizado a través de un sensible tono nasal en su voz que evocaba a una computadora parlante.
Le invitó a pasar al interior y cerró la puerta. De inmediato, Holland le habló de su creciente inquietud y de la infecundidad de la visita al departamento de Edmond. Mientras tanto, Clare casi tenía que ir empujando a su invitado en dirección al cuarto de estar, pues se detenía cada vez que iniciaba una frase. Era evidente que se encontraba bastante alterado.
−Empiezo a pensar que esto no es normal, Clare −Sean aguardó a que la mujer de grandes ojos azules le indicara tomar asiento en uno de los sillones del cuarto de estar y se dejó caer en su mullida piel de cuero negro−. Edmond suele ponerme al tanto de sus quehaceres, incluso de los más cotidianos. ¿Por qué ocultar la razón de su ausencia? ¿Por qué no me dijo que visitaba a la misma psicóloga que yo? Además, ha cerrado la puerta de su despacho a cal y canto con la premisa de que nadie entre allí bajo ninguna circunstancia. Ese no es ni por asomo el Edmond Reilly que yo conozco.
Clare se sentó en el sofá contiguo y se recostó sobre la esquina de éste frotándose los ojos con las puntas de los dedos. Parecía agotada. Y más delgada de lo habitual. Su pelo marrón se encontraba oscurecido por una fina capa de grasa. La piel cerca de sus pómulos y de sus ojos se arrugaba de forma apreciable y poco común en una mujer de tan solo veintisiete años. Clare era madre soltera de un insufrible demonio preadolescente, por fortuna encerrado en un centro educativo a esas horas del día.
−Sean −la mujer dejó caer el brazo y reveló la decepción candente en sus ojos−, lo siento. Sería poco ético hablar del material de mis consultas, incluso tratándose de alguien tan cercano a ti. Además, no creo que eso ayudara mucho a contactar de nuevo con él.
−Edmond ha cambiado. Y la diferencia entre el antes y el ahora podría orientarnos −el profesor esperó a que Clare se quebrara bajo aquel argumento, pero lo único que trajo dicha espera fueron más miradas vacías cubiertas por párpados cansados y manos ociosas−. Dime por lo menos lo que piensas, Clare.
La mujer esbozó una sonrisa socarrona que se disipó poco a poco en una mueca adusta.
−Pienso que, al margen de lo que piense, vas a ignorarme y dejarte llevar por tu curiosidad insaciable −colocó las palmas de las manos sobre las rodillas y las empujó para estirar los brazos, emitiendo un suave gruñido−. Te recomiendo que vayas a su apartamento y, haciendo uso de las palabras más amables o de las mejores excusas que se te ocurran, le pidas a su casero que te deje entrar. En caso de que halles indicios de que verdaderamente ha desaparecido, llamaremos a la policía. Yo les contaré a las autoridades lo que les tenga que contar y tú, pues lo mismo.
−¿Estaba Edmond metido en algún tipo de problemas?
Los labios vacilantes de Clare pretendieron iniciar varias frases casi al mismo tiempo.
−Había realizado descubrimientos en su trabajo que le excitaban de sobremanera −dijo al fin−. No me quiso revelar los detalles.
−¿Hablas de cuando estuvo en la Polinesia francesa?
La mujer dudó unos instantes, tras los cuales respondió con plena resolución:
−No. Realmente se refería a algo posterior. Edmond comenzó a visitarme hace seis meses, más de un año después de que regresara de la Polinesia.
−De todas formas, ¿en qué momento el deleite por el trabajo se convierte en un problema a la altura de ser tratado psicológicamente? −Holland escondió tras sus dientes apretados una sonrisa orgullosa. El material de las consultas de la doctora McKenna iba saliendo a flote de forma lenta y soterrada.
−Cuando el trabajo se convierte en una obsesión malsana −esto último no fue pronunciado con mucho convencimiento.
Sin embargo, Clare, plenamente consciente de las intenciones del profesor Holland, y pese a su insistencia, no añadió nada más. Sean desistió. No había nada más que sonsacar de aquella mente cansada, aunque no por ello menos hábil. La conversación se deslizó entonces hacia un foso resbaladizo de banalidades que se derrumbó bajo su propio peso con el paso del tiempo. La doctora McKenna debía continuar redactando un artículo para una revista especializada y Holland pretendía ir a los suburbios de Boston, donde se hallaba el apartamento de su primo.
−Mantenme informada de cualquier novedad −le pidió Clare justo antes de despedirse en la puerta.
Holland se limitó a asentir y a emitir un corto sonido confirmatorio que olvidó a los cinco segundos de marcharse, una especie de ronroneo. Estaba disgustado con su psicóloga. En general, estaba disgustado con todo lo que había ocurrido aquella mañana. La gente ocultaba el conocimiento con un celo excesivo e irritante, y, además, lo hacía sin una razón medianamente plausible. Sean no quería robar nada del despacho de su primo, ni tampoco publicar información sobre su estado mental. Él sólo se preocupaba por una persona querida y sentía la inevitable necesidad de saber lo que había ocurrido. Ocultar conocimiento se asociaba a la actitud hostil propia de un escenario bélico, en el cual era también una artimaña básica. Lo más absurdo de toda la situación vivida por el profesor residía en el hecho de que una puerta y una ética pudieran detener esa libertad de empaparse con la realidad del mundo. Como si dos insignificantes mujerzuelas pudieran haber encadenado al logos en el que habían creído muchos de los pensadores de la Grecia antigua. Incluso las disciplinas más teóricas necesitaban de nexos con la realidad circundante, en forma de hechos experimentales y axiomas empíricos. Sean necesitaba que su mente perteneciera al logos, a la realidad universal, objetiva e incuestionable que tantos filósofos se molestaron en espiritualizar. Para ello, la información del exterior debía encontrarse en un íntimo contacto con su razón interna y confirmar cada uno de sus pasos, algo así como los dígitos control se relacionan con los números de cuenta bancaria. Un cúmulo exterior de conocimiento no abarcado era soportable para él, puesto que la información estaba y siempre estaría allí, preparada para comprobar y subsanar incoherencias en la construcción de una lógica. En cambio, cortar el cauce que alimentaba su propio conocimiento convertía su cabeza en una balsa rebosante de razonamientos, que, al carecer de salida, acababan formando un lodo viscoso, podrido y maloliente. Si el proceso persistía demasiado tiempo, ese lodo de razonamientos podridos perdía fluidez y adquiría una textura barrosa, perfectamente maleable por el intelecto. Las nuevas figuras se convertían en un nuevo conocimiento. Un monstruo venenoso. Un velo atroz sobre el extenso y profundo océano de realidades constantemente agitadas por la razón universal, fluida, ligera, etérea y libre.