<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659</id><updated>2011-07-08T11:53:30.451+02:00</updated><category term='El velo sobre el océano'/><category term='Una leyenda de febrero'/><category term='¿Por qué escribimos?'/><title type='text'>Líneas vanas.|</title><subtitle type='html'>Por el único placer de escribir.|</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>5</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659.post-1557623518828603832</id><published>2009-11-13T23:25:00.002+01:00</published><updated>2009-11-13T23:36:35.872+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El velo sobre el océano'/><title type='text'>El velo sobre el océano. 2ª Parte.</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El gigante inerte dormía de pie con la boca abierta al otro lado del cristal. Sean Holland tocó la gélida ventanilla con la mirada tras recoger el vaho de su superficie con los dedos. El edificio donde se encuadraba parte del departamento de antropología de la Universidad de Harvard, el James William Hall, era un monstruoso monolito blanco que amenazaba con su siniestra modernidad el anatópico paisaje universitario inglés de su alrededor. Había comenzado a nevar. Sean acompañó a uno de los finos copos de nieve en su caída. La trayectoria de éste era errática, desviada por un flujo de aire discontinuo que lo arrastró contra el borde inferior del parabrisas.  Por un instante, el único pensamiento del profesor Holland resultó del intento de resolver una cuestión básica: ¿había seguido a aquel copo de nieve con la vista porque sabía que acabaría fundiéndose lentamente sobre el parabrisas o, por el contrario, la selección del mismo fue aleatoria y su destino azaroso? Intentó repetir el ejercicio con varios copos de nieve hasta que el vaivén continuo del mundo le hizo sentirse turbado. Con la calefacción del coche apagada, el frío había comenzado a invadir el interior del vehículo. Sean decidió entonces abandonarlo. Anduvo a paso rápido hacia el interior del edificio con la certeza de que el aliento del monstruo aletargado le reconfortaría. Engullido por voluntad propia, el paladar de la bestia y su amable atmósfera le permitió estirar los músculos, enderezar el cuello y abrir por completo los ojos. Saludó cortésmente al conserje cuando pasó a su lado rumbo a las escaleras y procuró ignorar a los agregados de alumnos que se encontró en los pasillos, tal como hacía inconscientemente en su propia facultad ante la expectativa de que algún alumno suyo le asaltara e interrumpiera el libre acontecer de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada escalón le incitaba a una breve pausa para reflexionar sobre la idoneidad de aquella repentina visita y su verdadera utilidad. Alcanzó la tercera planta habiendo perdido completamente la esperanza de encontrar a su primo allí, justo en el momento en el que la vuelta atrás se tornaba tan absurda como la visita misma. El profesor Holland, atrapado en la frontera de su memoria, se detuvo en el umbral de la escalera e intentó recordar el lugar exacto donde se ubicaba el departamento de antropología social. La opción de preguntar quedó relegada poco a poco conforme vagaba a través de corredores vacíos y esquinas imperturbadas imitando el movimiento errático de los copos de nieve en el exterior. Al final, se topó con un par de mujeres jóvenes, probablemente becarias, que compartían mediante cuchicheos alguna nimiedad de sus vidas carentes de todo interés. Éstas le orientaron hacia su destino, aunque no supieron satisfacer su curiosidad principal; tan sólo conocían de vista al doctor Edmond Reilly.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La información que obtuvo Sean en el departamento no resultó mucho más útil. A dos puertas del despacho de Edmond, la secretaria del departamento, una mujer rechoncha de pelo oscuro y rizado y expresión arrogante, cuya edad quedaba oculta tras su piel pintarrajeada, frunció los labios al oír el nombre de su primo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−El señor Reilly salió hace casi un mes y no ha regresado, ¿le dejo algún mensaje? −reprodujo su voz con la cadencia de un magnetófono, sin que el resto del cuerpo abandonara sus tareas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Sabe dónde ha ido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal desprecio hacia la curiosidad hizo suspirar a Holland.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Podría acceder a su despacho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella secuencia de palabras no encontró respuesta automatizada y obligó a la secretaria a recurrir a su dormitante capacidad de raciocinio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Para qué? −inquirió intrigada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Alguien se ha molestado en intentar averiguar su paradero?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer ocluyó los labios embadurnados de carmín, que se agitaron como dos babosas inquietas. La sensación de asco que sacudió a Sean tras la primera respuesta de aquella criatura burocrática adquirió integridad física: un olor desagradable ascendiendo por su nariz. El aleteo de sus fosas nasales debió ser tan exagerado que la secretaria lo aprovechó como excusa para obviar la pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Debe ser de algún sumidero atascado −en realidad, parecía estar excusándose a sí misma−. Algunos días es insoportable. Ya hemos avisado al fontanero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Entiendo −se limitó a responder Holland, mirando la esfera de su reloj. Llevaba más de una hora fuera de su despacho−. Oiga, soy primo de Edmond. Seguro que a él no le importaría que entrara un momento a su despacho a coger una cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−No insista. No pienso abrirle. El doctor Reilly dio orden expresa de que bajo ningún concepto se abriera la puerta de su despacho, ni siquiera al servicio de limpieza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sean no pudo evitar rememorar la habitación de Edmond en casa de su tío George durante el tiempo que estuvo viviendo allí. La puerta de ésta jamás se cerraba. A Edmond no sólo no le incordiaba que metieran las narices en sus asuntos, sino que, además, encontraba cierta satisfacción en ello. Si hubiese observado a su primo en ese instante, casi implorando a la secretaria que le diera la llave de su despacho para hurgar entre sus papeles, habría estallado de gozo. No encontró ningún sentido en la orden que dejó al resto del personal del departamento. Pero tampoco podía cuestionarla. Ahora Edmond visitaba a su psicóloga, lo cual implicaba que su personalidad había sufrido algún tipo de cambio drástico, de tal magnitud que incluso él mismo había llegado a preocuparse. O quizás fue otra persona la que se preocupó por él. Dos meses eran más que suficientes para buscarse una fuente de cariño y atención, aun para alguien tan entusiasmado por su trabajo como Edmond. De cualquier modo, Sean llegó a la conclusión de que allí sólo perdería el tiempo. Si tenía que recurrir a una persona para desvelar el paradero de su primo, Clare McKenna era la más idónea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−De acuerdo −giró lentamente sobre sus talones−. Lamento las molestias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La secretaria no contestó, sino que se limitó a teclear algo en su ordenador. Como siempre que mentía, Holland sorbió aire con su nariz de manera casi espasmódica, y detectó que el olor se había extendido también por el pasillo. Echó un último vistazo a la puerta del despacho de Edmond, un burdo trozo de madera no muy distinto en funciones al muro donde se encajaba. Ambos elementos arquitectónicos se habían convertido en una pieza sólida, lisa, opaca y contumaz, oculta en las sombras deformes de los pasillos. Sean se sentía atrapado en un prisma alargado, retorcido y triangulado por luces y sombras apagadas, que poco a poco produjeron múltiples formas con un patrón repetitivo, a modo de calidoscopio. La serpiente eléctrica que desde sus pituitarias había ascendido hacia lo más recóndito de su cerebro le produjo un mareo súbito y transformó el hedor en otro color más. Un color perdido en algún límite infinitésimo del espectro electromagnético. Sean tomó aire, advirtiendo angustiado que había permanecido como quince segundos sin respirar. Tal vez sólo se tratara de eso. La falta de oxígeno durante el tiempo que había tratado de evitar el olor le estaba afectando. Entonces, ¿por qué lo olía? Si no había respirado durante largo tiempo, ¿por qué retenía aún aquella pestilencia temible? Por primera vez, y puede que esa fuera la causa que le empujó a abandonar aquel lugar sin demora, se preguntó acerca del verdadero origen del olor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se recuperó por completo hasta que transcurrieron quince minutos. Aprovechó la corta distancia que separaba el lugar de trabajo de su primo y la consulta de Clare McKenna para caminar a través del aire frío e insípido del Cambridge invernal. Sean gozaba de una memoria prodigiosa cuando trataba de orientarse entre puntos vagamente conocidos, incluso con sus sentidos desatentos; no le costó demasiado encontrar una ruta entre el enjambre ordenado de edificios más o menos antiguos de escasa altura, la mayor parte de ellos viviendas. Su destino no era una excepción; la doctora McKenna atendía a sus pacientes en una habitación acondicionada como despacho dentro de su propia casa. Clare no tardó demasiado en responder a la tímida llamada que Holland provocó con sus nudillos huesudos sobre la puerta. El profesor devolvió sin dilación la mano desnuda al bolsillo, su única fuente de calor durante el trayecto, unos segundos antes de que la doctora abriera la puerta y encontrara a aquel hombre enjuto y pálido a punto de fundirse con el resto del espacio gélido y níveo. Los enormes ojos de ella, luciendo un iris tan azul como el cielo neblinoso del alba, rebosaron de asombro y, en cierta manera, también de compasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Hola, Sean. No te esperaba aquí −declaró con su laconismo característico, apropiadamente exteriorizado a través de un sensible tono nasal en su voz que evocaba a una computadora parlante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le invitó a pasar al interior y cerró la puerta. De inmediato, Holland le habló de su creciente inquietud y de la infecundidad de la visita al departamento de Edmond. Mientras tanto, Clare casi tenía que ir empujando a su invitado en dirección al cuarto de estar, pues se detenía cada vez que iniciaba una frase. Era evidente que se encontraba bastante alterado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Empiezo a pensar que esto no es normal, Clare −Sean aguardó a que la mujer de grandes ojos azules le indicara tomar asiento en uno de los sillones del cuarto de estar y se dejó caer en su mullida piel de cuero negro−. Edmond suele ponerme al tanto de sus quehaceres, incluso de los más cotidianos. ¿Por qué ocultar la razón de su ausencia? ¿Por qué no me dijo que visitaba a la misma psicóloga que yo? Además, ha cerrado la puerta de su despacho a cal y canto con la premisa de que nadie entre allí bajo ninguna circunstancia. Ese no es ni por asomo el Edmond Reilly que yo conozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Clare se sentó en el sofá contiguo y se recostó sobre la esquina de éste frotándose los ojos con las puntas de los dedos. Parecía agotada. Y más delgada de lo habitual. Su pelo marrón se encontraba oscurecido por una fina capa de grasa. La piel cerca de sus pómulos y de sus ojos se arrugaba de forma apreciable y poco común en una mujer de tan solo veintisiete años. Clare era madre soltera de un insufrible demonio preadolescente, por fortuna encerrado en un centro educativo a esas horas del día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Sean −la mujer dejó caer el brazo y reveló la decepción candente en sus ojos−, lo siento. Sería poco ético hablar del material de mis consultas, incluso tratándose de alguien tan cercano a ti. Además, no creo que eso ayudara mucho a contactar de nuevo con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Edmond ha cambiado. Y la diferencia entre el antes y el ahora podría orientarnos −el profesor esperó a que Clare se quebrara bajo aquel argumento, pero lo único que trajo dicha espera fueron más miradas vacías cubiertas por párpados cansados y manos ociosas−. Dime por lo menos lo que piensas, Clare.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer esbozó una sonrisa socarrona que se disipó poco a poco en una mueca adusta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Pienso que, al margen de lo que piense, vas a ignorarme y dejarte llevar por tu curiosidad insaciable −colocó las palmas de las manos sobre las rodillas y las empujó para estirar los brazos, emitiendo un suave gruñido−. Te recomiendo que vayas a su apartamento y, haciendo uso de las palabras más amables o de las mejores excusas que se te ocurran, le pidas a su casero que te deje entrar. En caso de que halles indicios de que verdaderamente ha desaparecido, llamaremos a la policía. Yo  les contaré a las autoridades lo que les tenga que contar y tú, pues lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Estaba Edmond metido en algún tipo de problemas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los labios vacilantes de Clare pretendieron iniciar varias frases casi al mismo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Había realizado descubrimientos en su trabajo que le excitaban de sobremanera −dijo al fin−. No me quiso revelar los detalles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−¿Hablas de cuando estuvo en la Polinesia francesa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer dudó unos instantes, tras los cuales respondió con plena resolución:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−No. Realmente se refería a algo posterior. Edmond comenzó a visitarme hace seis meses, más de un año después de que regresara de la Polinesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−De todas formas, ¿en qué momento el deleite por el trabajo se convierte en un problema a la altura de ser tratado psicológicamente? −Holland escondió tras sus dientes apretados una sonrisa orgullosa. El material de las consultas de la doctora McKenna iba saliendo a flote de forma lenta y soterrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Cuando el trabajo se convierte en una obsesión malsana −esto último no fue pronunciado con mucho convencimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, Clare, plenamente consciente de las intenciones del profesor Holland, y pese a su insistencia, no añadió nada más. Sean desistió. No había nada más que sonsacar de aquella mente cansada, aunque no por ello menos hábil. La conversación se deslizó entonces hacia un foso resbaladizo de banalidades que se derrumbó bajo su propio peso con el paso del tiempo. La doctora McKenna debía continuar redactando un artículo para una revista especializada y Holland pretendía ir a los suburbios de Boston, donde se hallaba el apartamento de su primo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;−Mantenme informada de cualquier novedad −le pidió Clare justo antes de despedirse en la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Holland se limitó a asentir y a emitir un corto sonido confirmatorio que olvidó a los cinco segundos de marcharse, una especie de ronroneo. Estaba disgustado con su psicóloga. En general, estaba disgustado con todo lo que había ocurrido aquella mañana. La gente ocultaba el conocimiento con un celo excesivo e irritante, y, además, lo hacía sin una razón medianamente plausible. Sean no quería robar nada del despacho de su primo, ni tampoco publicar información sobre su estado mental. Él sólo se preocupaba por una persona querida y sentía la inevitable necesidad de saber lo que había ocurrido. Ocultar conocimiento se asociaba a la actitud hostil propia de un escenario bélico, en el cual era también una artimaña básica. Lo más absurdo de toda la situación vivida por el profesor residía en el hecho de que una puerta y una ética pudieran detener esa libertad de empaparse con la realidad del mundo. Como si dos insignificantes mujerzuelas pudieran haber encadenado al logos en el que habían creído muchos de los pensadores de la Grecia antigua. Incluso las disciplinas más teóricas necesitaban de nexos con la realidad circundante, en forma de hechos experimentales y axiomas empíricos. Sean necesitaba que su mente perteneciera al logos, a la realidad universal, objetiva e incuestionable que tantos filósofos se molestaron en espiritualizar. Para ello, la información del exterior debía encontrarse en un íntimo contacto con su razón interna y confirmar cada uno de sus pasos, algo así como los dígitos control se relacionan con los números de cuenta bancaria. Un cúmulo exterior de conocimiento no abarcado era soportable para él, puesto que la información estaba y siempre estaría allí, preparada para comprobar y subsanar incoherencias en la construcción de una lógica. En cambio, cortar el cauce que alimentaba su propio conocimiento convertía su cabeza en una balsa rebosante de razonamientos, que, al carecer de salida, acababan formando un lodo viscoso, podrido y maloliente. Si el proceso persistía demasiado tiempo, ese lodo de razonamientos podridos perdía fluidez y adquiría una textura barrosa, perfectamente maleable por el intelecto. Las nuevas figuras se convertían en un nuevo conocimiento. Un monstruo venenoso. Un velo atroz sobre el extenso y profundo océano de realidades constantemente agitadas por la razón universal, fluida, ligera, etérea y libre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6405735728230582659-1557623518828603832?l=lineasvanas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/1557623518828603832/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/11/el-velo-sobre-el-oceano-2-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/1557623518828603832'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/1557623518828603832'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/11/el-velo-sobre-el-oceano-2-parte.html' title='El velo sobre el océano. 2ª Parte.'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659.post-1163018821521174782</id><published>2009-10-25T02:07:00.013+02:00</published><updated>2009-11-03T00:16:37.695+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='¿Por qué escribimos?'/><title type='text'>¿Por qué escribimos? "De por qué no escribimos" (2ª Parte)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Seré sincero: últimamente tengo serios problemas para ponerme a escribir. Los dedos se ciernen sobre las teclas del ordenador o rodean un útil de escritura que amenaza una hoja de papel impoluta. La cabeza rebosaba de ideas minutos antes de sentarte a mirar el fondo blanco. De pronto, las ideas se han ido, o, lo que es muchísimo peor, están ahí pero no tienen salida. ¿Por qué? ¿Son malas ideas? ¿Son ideas confusas? ¿Son ideas agresivas, ofensivas, simples, ingenuas, estúpidas o demasiado complicadas? ¿O falla el lenguaje? Si asumimos que nuestras ideas disfrutan de coherencia interna, nos satisfacen y, además, consideramos que pueden llegar a gustarle a otros (esto es, nos convencen), tal vez nuestro único problema no resida en el &lt;em&gt;qué decir&lt;/em&gt;, sino en el &lt;em&gt;cómo decirlo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablamos del &lt;em&gt;estilo&lt;/em&gt;. Por lo general nuestras ideas no son palabras. Ahora cabría pensar en esa petulante vocecilla interna que comparte nuestro tono de voz y que resuena incesantemente en el cráneo con un eco mudo. Pero resulta que dicho soniquete se encuentra más cerca de nuestro pretendido final que de la raíz del asunto. Las verdaderas ideas son las que inspiran dichas palabras, no las palabras en sí. En muchas ocasiones, ni siquiera podríamos catalogar como fruto de ideas a esos mensajes simples y desarticulados que se amontonan en nuestra memoria a corto plazo, prolongando su embriagadora monotonía a nuestros sentidos y capacidades más despiertos. Son estribillos reflejos. Respuestas rápidas frente a observaciones recurrentes. Tópicos. Chascarrillos. Por suerte, contamos con esta capacidad de hablar al margen de las ideas. De lo contrario, nuestras conversaciones anodinas serían mucho más lentas y tediosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero nuestra intención ahora no es precisamente ignorar las ideas en pro de las palabras, sino emplear el lenguaje para proyectar este complejo abstruso e indescriptible desde una perspectiva omnidimensional. ¿Qué son las ideas y cómo las convertimos en palabras? Pues bien, imaginemos una caja llena de fotografías tomadas durante un viaje, un cumpleaños o una comida familiar. La analogía no es aleatoria; existe una palabra clave que relaciona las ideas con las fotografías: la impresión. Las ideas son impresiones, ya sean luces, sonidos, sentimientos, sensaciones, deseos o impulsos. Incluso si nuestras ideas tienen forma de palabras (el recuerdo o la fantasía de un diálogo o un discurso), éstas se hallarán impresas como alteraciones de ánimo, imágenes o tonos que se reinterpretarán cuando accedamos a ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escojamos una foto sobre la que queramos contar algo y pongámonos manos a la obra. Lo primero que vamos a hacer de manera casi intuitiva es escribir con cuidado un pie de foto. Como tal, este texto posee un valor funcional precioso: servirnos de referencia en el tiempo y en el espacio y aportar unos pocos significantes de carácter sintético. Más allá de eso, estamos realzando la cualidad principal, la característica notoria, la acción relevante o el personaje protagonista. El problema es que nuestro receptor aún no sabe nada de esa foto que atesoramos dentro de nuestra cabeza, y unas vagas nociones de lo que se encuentra plasmado en ella no atraerá demasiado su atención; de hecho, preferirá poner en marcha su propia imaginación y completar por su cuenta la idea que representa el escueto texto que le mostramos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra intención en un escrito no suele ser evocar una idea, sino abordarla en una amplitud suficiente. Para ello necesitamos un texto cuyas dimensiones desbordan a las del pie de foto y cuya función trasciende de ser una mera referencia a codificar una imagen con signos articulados. Pese a lo que se pueda pensar, no es un ejercicio sencillo para un escritor novato. Si en la fotografía sólo apareciese una pelota de tenis, el pie de foto "pelota de tenis" desvelaría gran parte del contenido y, por tanto, no se requerirían descripciones más profusas. En cambio, la imagen de una pelota de tenis en la boca de un perro que corre para devolvérsela a su dueño, un niño rubio y delgado, implica dos clases de elementos: sujetos-objetos y acciones. Ya no nos valen sólo los sustantivos, los infinitivos o los pronominales de los pies de foto, sino que ahora los objetos de la imagen actúan y tienen propiedades únicas que los distinguen de otras fotografías con la misma referencia. Los recurrentes "ser" y "estar" deben ser sustituidos por acciones. A los nombres se les han de colgar racimos de adjetivos ordenados y ristras de complementos circunstanciales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Hemos terminado ya nuestra pequeña obra? No. Escribir no debería ser tan fácil como darle al botón de una cámara para capturar una imagen. En todo caso, lo que hacemos es algo tan trabajoso como componer un &lt;em&gt;collage&lt;/em&gt;, donde los recortes originales (aquellas ideas que queríamos dejar a la libre interpretación de nuestros lectores) forman un mosaico. Hasta ahora, nuestra única preocupación ha sido la profundidad descriptiva, es decir, el "tamaño de grano" del &lt;em&gt;collage&lt;/em&gt;. Más profundidad exige pegar recortes cada vez más pequeños y, por tanto, insignificantes. Tal vez sea aquí donde tendemos a tirar el lápiz, justo al comprender que encaramos un trabajo de chinos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es importante describir todo? Pensemos en nuestro mosaico de recortes. La imagen que componen no es perfecta, sino que los bordes se combinan para crear una malla irregular visible. Dicha malla se torna más densa y tiende a emborronar la propia imagen cuanto más pequeños son los recortes. Llegará un momento en el que la superposición continua de trocitos de papel oscurezca la escena que pretende mostrar. Véanse los recortes como ideas y sus bordes como palabras, con la perspectiva de que una palabra, como significante, es la frontera principal de la idea o significado de la misma. Una profundidad descriptiva intensa y homogénea de la idea tenderá a oscurecer ésta por exceso de vocablos, por lo que, paradójicamente, la descripción se volverá menos efectiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ser consciente de esto es la peor maldición del escritor que quiere contar muchas cosas, pero se ve arrastrado a la exhaustividad descriptiva bajo el imperativo de la mínima simplicidad. Por supuesto, el literato siente la necesidad de, como figura pensante de cara a un público culto, elaborar textos ricos en matices. Regresamos aquí a la diferencia entre "pensar" y "hablar". Los pensamientos son simples; las palabras no. El motivo es obvio y lo hemos discutido ya en los párrafos anteriores: el potencial interpretativo de las imágenes es mucho mayor que el de las palabras, dado que las primeras son homólogas a esas impresiones que nuestros sentidos y nuestra memoria nos transmiten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni complicados, ni sencillos; ni cargantes, ni simples. ¿Cómo resolvemos el dilema?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes, cuando hablábamos de los "pies de foto", señalamos como inapropiado el hecho de evocar ideas; sin embargo, es el ejercicio que inevitablemente estamos provocando entre nuestro texto y el lector. Ahora mismo, no le daré importancia al hecho de contactar con nuestros lectores (yo mismo he de ejercitarme en este aspecto); pero lo que pretendemos es escribir de manera eficiente y cómoda, y que al releerla desde un punto de viste exigente y objetivo nos satisfaga. Este punto es importante: si nuestro escrito no nos convence a nosotros, menos lo hará con el resto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recurramos pues a una evocación fraccionada de ideas, buscando precisamente significado en la frontera entre las palabras que las representan. Pensemos en la palabra "perro". La cantidad de imágenes que puede venirnos a la cabeza es enorme, todas ellas encuadradas en la morfología, las texturas, las líneas, los sonidos y los movimientos de cualquier raza de este animal. Ahora, yuxtapongamos la palabra "gato". "Perro" y "gato", juntos, crean otros conceptos de distinta naturaleza; por ejemplo, un concepto relacional como "confrontación", uno taxonómico como "animal", otro analógico como "mascota", etc. Por otra parte, hemos desviado la atención del lector de los ambiguos conceptos originales. Ya no importa tanto que el perro sea un cóquer, un yorkshire o un pastor alemán, ni que el gato sea negro, gris, peludo o pequeño. Vemos pues que dos simples sustantivos actúan en nuestro cerebro de forma sinérgica, pudiendo significar mucho más o mucho menos que la mera suma de las ideas individuales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas palabras y muchas imágenes: el equilibrio perfecto que nos inclina sobre el escritorio. Los bordes han desaparecido de nuestro collage, y los que existen pueden plegarse y replegare en forma de más bordes, deformados por la fuerza de los verbos. Unos pocos recortes más pequeños pueden solaparse por completo con los grandes conceptos generales para crear matices interesantes, necesarios o meramente ornamentales. Aprovechemos la fuerza de la identificación de objetos, las metáforas, y las comparaciones, cuya síntesis es siempre un estímulo adicional al ejercicio de escribir. Demos un revés a los adjetivos para convertirlos en sinestesias y crear sensaciones psicodélicas. Que el adjetivo abdique de su trono en el reino de la descripción para dar poder a los verbos ("convirtamos al rey del reino de las altas montañas en uno más de los asistentes del reino sobre el que se elevan las montañas").&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien, algún literato me rebatiría con toda la razón esta manera de conceptualizar un estilo literario. ¿Acaso estoy diciendo que las palabras no importan en el arte de las letras? Y yo le respondería que por supuesto que sí, pero en lo que concierne a la prosa, lo son bastante menos que las ideas que pretenden provocar en un eventual receptor. La prosa es prosaica por autodefinición. La poesía es estética y verbalmente ineficaz a la hora de transmitir ideas. Confundir las potencialidades y las deficiencias de ambos géneros es, a mi modo de ver, como intentar usar un calefactor para mover un coche y un motor para calentar el salón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La poesía es torpe en la tarea de transmitir ideas, y más cuando éstas son abstractas, pero excelente para provocar sensaciones desorganizadas en su pretensión de crear un dibujo alegórico de las mismas (de hecho, hemos aprovechado muchos de sus recursos para la prosa). La prosa pura, en su parquedad y pragmatismo, es perfecta para el escritor perezoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, al fin lo admitimos. La pereza, inspirada por el principio de mínima acción, es una fuerza más poderosa que el dinero o el amor... Aunque, por fortuna, también es una fuerza antagónica con respecto a las otras dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Estamos dando respuesta conjunta a las dos preguntas que encabezan este texto? Quiero decir, ¿acabo de resumir en un párrafo de pocas líneas la ingente amalgama dialéctica de antes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que ha llegado el momento de plantearos otra pregunta: ¿os gustan los versos de Arte mayor, o los de Arte menor?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6405735728230582659-1163018821521174782?l=lineasvanas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/1163018821521174782/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/por-que-escribimos-de-por-que-no.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/1163018821521174782'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/1163018821521174782'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/por-que-escribimos-de-por-que-no.html' title='¿Por qué escribimos? &quot;De por qué no escribimos&quot; (2ª Parte)'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659.post-5345103760155109231</id><published>2009-10-08T03:32:00.002+02:00</published><updated>2009-10-08T03:36:41.574+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El velo sobre el océano'/><title type='text'>El velo sobre el océano. 1ª Parte</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;em&gt;"A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la&lt;br /&gt;incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido. Vivimos&lt;br /&gt;en un apacible islote de ignorancia en medio de tenebrosos mares de infinitud,&lt;br /&gt;pero no fuimos concebidos para viajar lejos. Hasta el momento las ciencias, cada&lt;br /&gt;una siguiendo su propia trayectoria, apenas nos han reportado mal alguno. Pero&lt;br /&gt;el día llegará en que la reconstrucción de los conocimientos dispersos nos&lt;br /&gt;pondrá al descubierto tan terroríficas panorámicas de la realidad, y de la&lt;br /&gt;pavorosa situación que ocupamos en las mismas, que o bien nos volveremos locos&lt;br /&gt;ante semejante revelación o huiremos de la luz mortal en pos de la paz y&lt;br /&gt;salvaguardia de una nueva era de tinieblas." &lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;                   H. P. Lovecraft – La llamada de Cthulhu&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sean Holland abrió la puerta de su despacho a las nueve menos cuarto de la mañana, sacudiendo el frío de su cuerpo y abrigándose con la familiaridad que le envolvió de pronto. La desvaída luz invernal, fragmentada entre las láminas de la persiana, dibujaba la forma de un escritorio antiguo ocupando todo el espacio visible. En su superficie, dos torreones de papeles sólo podían equipararse en magnitud al monitor apostado a un lado de la mesa, como un animal irracional en letargo. Cuando Holland dio un paso hacia el interior, el silencio sucio, hueco y colosal de los pasillos desembocó en otro más confortable, enclaustrado y caluroso, tan denso que casi se podría haber tocado con la mano. Abandonó su carpeta sobre el único hueco en la mesa y levantó la persiana, permitiendo que la luz le hiciera compañía. Un suspiro impredecible llegó a sus labios: todo estaba en su sitio. Dos estanterías resguardaban los flancos del despacho, intentando evitar un vacío dirigido a la ignorancia. Cada uno de los libros, más o menos ordenados en sus estantes, apilados a veces, con distintos formatos y versados en múltiples disciplinas científicas, eran símbolos ahuyentando un miedo escondido en lo más profundo de la mente de Sean. Un miedo arcaico, arraigado allá donde la psique se solidificaba, condensaba y perdía toda forma relacionada con algo que se hubiera podido catalogar en base al conocimiento. Era un precipicio inescrutable, no por la incapacidad de poder ver el fondo, sino porque una verja de datos, modelos, sistemas y conceptos impedía atisbar tan siquiera el borde. Sin embargo, precisamente toda aquella amalgama de conocimientos que, al fin y al cabo, configuraban el sentido propio a la vida de Sean Holland, demarcaba la existencia del abismo. Un abismo en la oscuridad infinita. Andar en la oscuridad siempre era aterrador, de una forma u otra; el ignorante no temía la existencia del precipicio, mientras que el sabio temía encontrarse con él, puesto que su camino se desarrollaba muy cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la luz, todo cobró sentido de nuevo: el pequeño despacho, la puerta abierta, convertida en el próximo objetivo de sus pequeñas acciones cotidianas y distractoras, el montón de papeles sobre la mesa, exámenes finales de primer curso esperando ser enjuiciados. Sean cerró la puerta y caminó con lentitud hacia la mesa, estirando su cuerpo adormilado. Se quitó el abrigo de cuero marrón y lo arrojó sobre una de las sillas sobre las cuales los alumnos solían aclarar dudas o protestar por la nota de los trabajos. Acto seguido, se dejó caer sobre la silla de escritorio y, por fin, dedicó una extensa mirada a los exámenes. Cerró los ojos e hinchó el pecho con el aire cargado de la habitación, cerniéndose sobre él cierto sopor. Sabía que al volver a abrirlos, el bolígrafo rojo ocuparía ya su mano y no tendría más remedio que comenzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jamás se había dejado dominar por la pereza en sus años de estudiante tanto como en los dos primeros cursos ejerciendo de profesor de física aplicada en la universidad de Boston. Los alumnos se quejaban por estudiar los exámenes, sin valorar lo enriquecedor de su adiestramiento; olvidaban que otra persona debía leerlos, juzgarlos y corregirlos, aplicando toda su sabiduría, equidad y paciencia. Mientras que la experiencia de los alumnos siempre resultaba positiva, el profesor tenía que soportar la monótona revisión de decenas de textos mal caligrafiados, llenos de sandeces y aberraciones engendradas en el material de sus propias clases, aquellas que con tanto cariño había preparado. Si en un principio le había ilusionado la idea de verse a sí mismo como un maestro, transmitiendo conocimientos a otras generaciones, ahora se sentía un juez oscuro y perverso, con muchos futuros académicos bajo el martillo. Eso era todo. Los jóvenes no querían aprender. Sólo lucir un expediente lleno de números dentro de escalas valorativas. Como consecuencia secundaria, también adquirían conocimientos, mas eso no importaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Holland descargó la tinta de su bolígrafo con fiereza. Tenía fama de corrector duro, aunque sus exámenes se limitaban a exigir un nivel fundamental; el resto, lo dejaba a manos del ingenio y la genialidad de los alumnos. Aquellos que querían nota se preocupaban por sorprender al profesor, siempre en el buen sentido. De todas formas, en física un cinco era un cinco y un nueve era un nueve. El ejercicio podía estar bien o mal hecho, así que las apreciaciones subjetivas cabían tan sólo en un marco muy angosto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia las diez de la mañana, Sean hizo un receso, que más bien consistió en soltar momentáneamente el bolígrafo y dejar caer su torso sobre el respaldo de la silla. Cerró los ojos, permaneciendo pensativo. Trató de recordar las tareas que le reservaba el día, además de corregir exámenes. De repente, advirtió que su mente había quedado laxa y vacía, siendo invadida por imágenes incongruentes, deformaciones de la realidad circundante; números, alumnos entrando en el despacho, papeles, frío, el blanco deslumbrante de una capa de nieve… Casi bajo una convulsión, abrió los ojos y despegó la espalda de la silla al igual que un resorte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidió entonces levantarse y salir del despacho en busca de un café a la máquina del pasillo. Sin duda, el viaje de ida y vuelta avivaría más sus neuronas que la acción de la cafeína. Aún así, necesitaba una excusa válida en su propio intelecto que le forzara a abandonar sus obligaciones. Mientras aguardaba en la amplia e insondable soledad del pasillo, transgredida por el ronroneo de la máquina, se acercó a la ventana y oteó el cielo: era un día gris, ocupado por grandes nimbos amenazantes. Una fina capa de nieve cubría los jardines exteriores del campus. Sean, en días como aquel, sentía una gran euforia interior, la cual emergía en su rostro con una expresión de sosiego desmedido. Las nubes escondiendo al sol evitaban cambios de luz importantes a lo largo de la jornada y, por tanto, el ánimo se mantenía estable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La máquina de café emitió un siniestro gorgoteo, como el de una criatura surgiendo del fondo de un pantano. Holland se dio la vuelta y recogió el recipiente, una vez servido el líquido marrón oscuro. De regreso al despacho, se cruzó con otro profesor y le dio los buenos días. Dos palabras proyectadas al exterior con esfuerzo, pues era la primera vez en la mañana que dirigía la atención hacia alguien. Su voz era grave e inexpresiva, un eco moldeado en la expresión de su cara: ojos entornados, oscuros, hundidos en una figura estrecha, simétrica, precisa, con todo rasgo o mueca calculados. Incluso las gafas parecían posicionarse en el tabique nasal a una altura premeditada. El cuerpo de Sean era esbelto, consumido por horas en un escritorio o en el asiento del coche, levemente inclinado hacia delante, como si siempre estuviera escudriñando algo. Su forma de vestir reflejaba una actitud despreocupada de cara al público: camisa mal planchada, chaqueta oscura, modesta y vieja, pantalones de calle o, incluso, tejanos y botas de tobillo corto. Del mismo modo, el pelo lacio y castaño cortado un mes antes yacía mal peinado hacia un lado de la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A sus veintinueve años, Sean se encontraba cronológicamente alterado. Por un lado, era curioso y activo, siempre indagando en nuevos trabajos o proyectos dedicados a la universidad, agitado por la sensación de ignorancia relativa. Todavía tenía mucho que aprender. Por otro, su comportamiento correspondía a un hombre veterano, solitario, huraño y cansado de la gente. Tal vez, aquella actitud provenía de su temprana madurez. A los quince años, perdió a sus padres en un accidente de coche y se crió con uno de sus tíos maternos. Tan sólo dos años después, entró en la universidad, acabando la carrera de física a los veintiún años. Se especializó en meteorología y climatología y trabajó para varios observatorios. Todo ello le impidió vivir la juventud. El campo de las relaciones personales permaneció enterrado bajo el dolor de haber perdido a las personas que más quería. Pasó por dos períodos de depresión, el último de ellos tratado y medicado. Ahora, un muro de hormigón aislaba sus sentimientos del resto del mundo. Se había convertido en una persona excesivamente apática. Podía sentir tristeza, mas no lloraba. Cuando le sucedía algo alegre, se limitaba a sonreír; jamás reía a carcajadas. En un par de ocasiones el amor parasitó su mente, pero ninguna mujer podía mantenerse a su lado. “Sostengo mi cabeza como un sistema aislado; así, no contribuyo al incremento de entropía universal”, solía decir. Su psicóloga era contraria a dicha analogía termodinámica, aunque viendo su buena evolución tras el último período depresivo no contrarió este comportamiento. Sean Holland tampoco era una piedra. Al ser profesor, estaba acostumbrado al contacto social. Su reputación y orgullo aplastaban cualquier defecto de autoestima, el cual quedaba sólo para el plano amoroso. Jamás derrochaba malos gestos, dándole especial prominencia a la educación cívica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso saludó al profesor que pasaba por el departamento, antes de entrar de nuevo al despacho para continuar corrigiendo exámenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de una hora, el reiterado timbre del teléfono inalámbrico fue la única señal de vida externa que trató de contactar con su estéril soledad. Sean emergió de la tarea, con tal conmoción que incluso meditó la simple acción de descolgar el auricular. Cuando por fin decidió hacerlo, aclaró su garganta mientras dirigía la mano al aparato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Sí? –cuestionó a su aún desconocido interlocutor. Inmediatamente, una voz femenina le respondió con otra pregunta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Puedo hablar con Sean Holland, por favor? –aquella voz le resultaba familiar, aunque la deformidad electrónica de la misma le dejó en vilo hasta el momento en que preguntó por su identidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Soy yo. ¿Con quien hablo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hola, Sean. Soy Clare McKenna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Ah! Perdona, Clare –Holland se levantó de su asiento instintivamente y comenzó a caminar por la habitación, como siempre le ocurría cuando hablaba a través del teléfono–. Dime.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le extrañó el hecho de que su psicóloga lo llamara, cuando restaba un mes para la siguiente cita. Por un instante, pensó que se trataría de un asunto de honorarios retrasados o un cambio de hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Cómo estás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bastante bien. Gracias por tu interés. Creo que ya no harán falta muchas más citas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Algunas todavía son necesarias. Debo controlar tu evolución dos o tres meses más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Oye, Clare –protestó Sean con sarcasmo–, estoy harto de que mis neurosis te den de comer…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escuchó una risa al otro lado de la línea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno –fue recuperando un tono más formal–. En realidad no llamaba por ti, sino por… Edmond.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Edmond? ¿Edmond Reilly?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–En efecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El silencio se extendió por ambos extremos de la comunicación. Sean quedó perplejo, preguntándose por qué su psicóloga preguntaba por su primo. Dos áreas separadas por la mente coincidía de forma estrepitosa, induciendo a la plena confusión. Bajo la misma, Holland trató de dar sentido a aquella llamada, viéndose interrumpido por la voz de Clare:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Sean? ¿Estás ahí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Holland fue consciente del silencio sólo en ese instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Eh… sí –respondió vacilante–. Oye, ¿por qué preguntas por mi primo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Por lo de las citas a las que ha faltado. ¿Sabes la causa de…?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Un momento –interrumpió Sean, todavía más ofuscado–. ¿Edmond iba a tu consulta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Así es. ¿No lo sabías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Llevo un par de meses sin verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pues lleva viniendo aquí seis meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sean se descubrió a sí mismo dando vueltas de un lado a otro del despacho, lleno de agitación. Decidió sentarse de nuevo y echarse sobre el respaldo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué no me dijiste nada? –inquirió.&lt;br /&gt;–No tengo costumbre de dar información sobre mis otros pacientes, Sean.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Y entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno… hoy lo he visto necesario. Resulta que Edmond ha faltado a las citas de las últimas tres semanas, sin previo aviso, y no he podido contactar con él por ningún medio. Sabiendo que sois familiares, he recurrido al teléfono de tu departamento. Llamé temprano a tu apartamento, pero no contestabas. Quisiera saber qué le ha ocurrido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo cierto es que a mí también me gustaría saberlo. Como te he dicho, llevo dos meses sin verlo. La última vez que quedé con él para tomar un café me dijo que estaba llevando a cabo una investigación importante y que estaría un tiempo fuera. No obstante, me extraña el hecho de que no te avisara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–A mí también. Por lo menos, hace tres semanas sí estaba aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Holland perdió un momento el hilo de la conversación, viendo el montón de exámenes que le aguardaban sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Oye, Clare –dijo atropelladamente–. Voy a ver si puedo contactar con él. Te llamo dentro de hora y media, ¿de acuerdo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Está bien, Sean. Gracias y perdona por las molestias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No pasa nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se despidieron y Sean colgó el teléfono, con un pesado manto de incertidumbre sobre su cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Edmond Reilly era el hijo del tío materno de Sean, George Reilly, aquel que cuidó de él tras la muerte de sus padres. Durante aquella época, Edmond se convirtió casi en un hermano. Ahora, la relación, sin perder el cariño mutuo, no resultaba tan fraternal. Solían verse un par de veces por semana para charlar sobre sus asuntos, a menudo concernientes a la universidad. Edmond trabajaba como investigador para el departamento de antropología de la universidad de Harvard y viajaba continuamente. Dos años antes, había estado en una isla de la Polinesia francesa estudiando los cultos de los nativos. Se entusiasmaba por su trabajo, llegando a rozar lo enfermizo, y hablaba sobre ello con contagiosa vehemencia. Siendo así, a Holland le extrañó el hecho de que su primo no le hubiera mencionado ningún proyecto o viaje reciente. Del mismo modo, le sorprendieron esas visitas a la psicóloga. Edmond parecía una persona sana, estable; llena de alegría e ilusión. Ningún suceso en particular había marcado su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Holland descubrió que no podía proseguir corrigiendo exámenes. Demasiadas dudas se abrían en su mente y debían ser saciadas en el menor tiempo posible. Una especie de hambre cognoscitiva. Sin meditarlo más, aferró el auricular del teléfono con decisión, mientras sus dedos acariciaban y apartaban las páginas de su agenda siempre a mano. Habiendo encontrado los dígitos que relajaron sus ojos, los traspuso de forma cuidadosa al aparato. Éste respondió con sus monótonos tonos puros. Al quinto tono Sean comenzó a impacientarse, y trató de acompañar al sexto y al séptimo tono con una suspiro prolongado. Al octavo lanzó su mirada al techo. El noveno quedó aplastado, por fin, entre las manos, el auricular y el resto del teléfono. El profesor se dejó caer sobre el respaldo de su asiento. Miró la esfera de su reloj: las once y cuarto. Acto seguido, extrajo un teléfono móvil del bolsillo del pantalón y lo trasteó hasta dar con el teléfono personal de Edmond, iniciando la llamada. No tardó en oír lo que esperaba, dado que aquella voz computerizada, apática y femenina era la única que contestaba desde muchos meses atrás. Presionó con furia el botón que cortaba la tan absurda comunicación y arrojó el celular sobre la mesa. Juró en voz alta, como si hubiera existido la posibilidad de que alguien se sintiera culpable de su infinita curiosidad. Por otra parte, la ausencia repentina de su primo en el transcurrir del mundo comenzaba a preocuparle. Ignorar algo terrible que estuviera sucediendo a expensas de su defecto de atención ascendía desde la escala de la propia ignorancia a la de la angustia. Y el que su psicóloga hubiera iniciado tan incontenible cascada de cuestiones no ayudaba a aplacar su creciente ansiedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto le arrastró a dejar de lado los exámenes sin corregir, recoger el abrigo de la silla y abandonar su despacho sin sentir pesar alguno por ignorar sus tareas. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6405735728230582659-5345103760155109231?l=lineasvanas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/5345103760155109231/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/el-velo-sobre-el-oceano-1-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/5345103760155109231'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/5345103760155109231'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/el-velo-sobre-el-oceano-1-parte.html' title='El velo sobre el océano. 1ª Parte'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659.post-5541106710840957336</id><published>2009-10-07T19:54:00.002+02:00</published><updated>2009-10-07T20:33:47.483+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Una leyenda de febrero'/><title type='text'>Una leyenda de febrero</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Mi apreciada Aurora:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que he dedicado más tiempo a buscar un adjetivo adecuado para complementar tu nombre en el formalismo del encabezado que en escribir esta carta. De todas las palabras que pretenden materializar y codificar ese fantasma encerrado en los tabiques sin esquinas situados más allá de mis ojos y mi boca, los adjetivos son los más condenadamente difíciles de encajar. No sé por qué. Y no, lo anterior no tiene nada que ver con el motivo por el que estoy haciendo esto. Era una breve observación necesariamente innecesaria, pues siendo yo hombre que no puede entrar en materia sin introducciones, y considerando que una redacción tan baladí como ésta tiende a ser interrumpida y abandonada en el primer párrafo, prefería dedicar el fragmento inicial a cualquier banalidad. Tú y yo nos pasábamos horas explotando el pozo de las banalidades, ¿recuerdas? De hecho, llegó a convertirse en un elemento fundamental de nuestro tiempo compartido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertar de una pesadilla resulta muy diferente a despertar de un sueño. Los sueños poseen esa calidez, esa luz difusa emitida por toda la atmósfera, aún teniendo la certeza de que no hay atmósfera hasta el momento en el que respiras; y la transición desde ellos al mundo vigil ocurre sin ninguna prisa, a tal ritmo que permite a tu cerebro discriminar las ensoñaciones de las realidades. Recuerda a una despedida tranquila y esperada. Todo ha sido maravilloso. Tan maravilloso que se olvida. En cambio, las pesadillas no se olvidan, ya que el horror comienza precisamente cuando acaban. En ese momento ya estás despierto y tus sentidos funcionan a plena capacidad; sin embargo, hay un trasfondo terrible aún sin explicar que proviene de un desconocido abismo interior. El vértigo persiste. El peligro es inminente. El pavor hiela tu piel descubierta por las sábanas, antes incluso que el aire frío o el sudor perdiéndose en el espacio oscuro que te rodea. De pronto, a los pocos segundos, recibes la mala noticia de algún mensajero extraviado en los recovecos de tu cerebro: “ha sido una pesadilla”. Por extraño que parezca, esto no te reconforta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que lo anterior tampoco encaja mucho en el sentido de todo esto. Esta noche tuve un sueño. O una pesadilla. A ratos se manifestaba como una cosa y en mis despertares como otra. Tal vez muchos de los fragmentos de éste no eran más que recuerdos; como un instante en la cafetería en la que nos conocimos y a la que no me cansé de volver. No estabas allí. Tan siquiera existías en ese plano bidimensional; igual que cuando ves una película conociendo el reparto completo: sabes quién va a aparecer y quién no. Sí, quizás todo lo estaba viendo en la televisión. Últimamente acostumbro a quedarme dormido en el sofá con la televisión encendida. Sí recuerdo que de entre una multitud deforme, oscura y desubicada aparecía un niño de corta edad hablando disparates. Luego, sin venir a cuento, me veía en una calle desierta en medio de la noche con la certeza de que alguien amenazaba mi existencia; pero yo no podía correr. Tan siquiera era capaz de volver la cabeza para identificar a mi persecutor. Éste no necesitó revelarse. De hecho, tampoco tuvo que tocarme para hacerme despertar. Sólo en la oscuridad del salón de mi apartamento fui capaz de deducir que me habían disparado por la espalda. La bala se fundió en mi carne. Quedó perdida en algún punto entre la pesadilla y la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces regresaste al reparto y decidí escribir más tarde esta carta. Supongo que es ahí donde comienza todo. La cafetería de Tomás. El punto de partida. No hay cosa que más apetezca en una mañana de febrero que abrigarse en una atmósfera abarrotada y contemplar el frío y la lluvia tras un cristal. Tocas el cristal. Está frío. Lo acaricias y la yema de los dedos se impregna de una humedad ligera y agradable. Acto seguido cubres con ambas manos el café que un camarero te sirve con gesto displicente. La taza quema, pero es un dolor placentero. Asociada a esta última sensación aparece tu figura atravesando el cristal donde aún me reflejaba yo mismo. He acabado pensando que en ese instante lo único que hacía era contemplar un espejo caprichoso. Tu entrada en el establecimiento no fue un reflejo, pero tampoco me llamó la atención de manera especial. Una chica bonita surge desde una esquina de tu campo visual y desaparece por la otra; ocurre todos los días. En cambio, sólo cuando asumes su presencia y la diluyes en el gentío como el azúcar en el café saboreas ese regusto dulzón a cada sorbo. Una condenada casualidad te convirtió en el blanco de mis pensamientos ociosos. Podría haberme fijado en otra de las decenas de mujeres que discurrieron por mi alrededor en todo ese tiempo, todas ellas con las mismas cualidades que tú, o incluso más hermosas e inteligentes. También te podrías haber largado del lugar sin dirigirme la palabra; de todas formas, no te estaba mirando con demasiada frecuencia. Pero maldita suerte la mía. De entre todas esas mujeres fui a dar con la que ese día encontraría una excusa para preguntarme algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No recuerdo la pregunta. No tiene importancia. El habla, la conversación eran entonces desechos emplazados en la periferia de una intención profunda y ambiciosa. La intención se mantenía sobre la línea de flote de conciencia, tanto que aún podía sujetarme firmemente a ella para no hundirme. Nunca estuvo más arriba o, al menos, no antes de que la rescatara de las llanuras abisales. Te sentaste a mi lado mientras esperabas a alguien que ignoré o procuré ignorar. Por desgracia, tuve que levantarme e irme por imposiciones del propio tiempo y ello imposibilitó a mi ambición evitar que la torpedearan. Así se inició su lento descenso hacia las profundidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las aplicaciones terapéuticas del tiempo son puras entelequias, al menos en el plano sentimental. El tiempo arrastra a los estados mentales a una forzosa evolución, que impredeciblemente puede virar hacia al lado positivo o negativo; provoca prescripciones emocionales, por las que surgen figuras, pautas e incluso sensaciones sin conexión directa con los elementos del entorno, fundamentándose en el material de una memoria maleable. La memoria no es una base de datos inamovible y objetiva. Es una huella en barro húmedo. Un muñeco de arcilla. En fin, podría dedicar páginas a exprimirme la cabeza buscando metáforas, pero obviaría lo que quiero dejar claro: jamás he llegado a hablar contigo, sino con una malvada gemela tuya encerrada en mi interior. Creé la falsa empatía y me alimenté de ella, sin que tan siquiera tuvieras que estar presente. Y luego cometí el error de llamarte a voz viva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Maldito imbécil… Las muñecas de arcilla acaban diluyéndose mientras no se las compacte con frecuencia, y, claro está, mientras aún permanezcan húmedas. Ocurrió algo diametralmente diferente: tu réplica de barro se secó y mantuvo una de las tantas formas caprichosas que quise aplicarle. Me volví un triste y miserable coleccionista de una sola muñeca que mimaba entre mis brazos para que no se quebrara contra el suelo. Y mi mirada de coleccionista, como tal, se torció embelesada, vacía y calma ante la mera contemplación de un trozo de barro sesgado por las manos de un siniestro artesano primitivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todo sin tu participación. Nunca he ido detrás de ti, sino de mí; de una figura creada por mi cabeza que se te parece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Realmente me siento incapaz ya de organizar cronológicamente todas estas abstracciones dispersas y, en gran medida, absurdas. Advierte que nunca se es capaz de recordar el momento en el que comienza un sueño, ni tampoco ordenar varios de ellos en una secuencia lógica. Sin embargo, sí quedan perfectamente definidos por hechos concretos, acciones de agentes que tan siquiera se encuentran ahí. La persona que esperabas dividió mi sueño-pesadilla, no sé si tornando el sueño en pesadilla o girando el sueño para dejar boca arriba su reverso aterrador. Y, de nuevo, al igual que tú, no tuvo que hacer nada. Nadie hace nada. Las cosas ocurren sin más, cayendo por su propio peso por la pendiente sobre la cual un día alguien las liberó. El vértigo y la impotencia juntos a la vez; es el tejido de los malos sueños; es el flujo natural de las pesadillas moviéndose hacia su irrevocable final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conocerte me arrastró fuera de la vida real. Alguien sin rostro vestido como yo desempeñaba allí mi tarea y me reñía por perezoso. Por dormirme en el trabajo. Ese alguien también me procuraba una alimentación y una higiene, y evitaba que me atropellaran al cruzar la calle. Era un ángel protector. Mientras tanto, yo me perdía con tu gemela entre sueños agradables sin noción del espacio o del tiempo, aunque ambas dimensiones partían de un mismo punto de referencia: la cafetería de Tomás. Los copos de nieve cayendo con suavidad al otro lado de un techo transparente. Ella sentada a mi lado, oculta tras la nube que se elevaba desde un tazón de chocolate cercano a su punto de ebullición y que calentaba toda la sala. La gente se reía. Se deslizaban los unos sobre los otros como bolas en un tarro de cristal agitado dócilmente. Yo comenté algo al respecto y ella se rió y añadió algo en respuesta que me resultó curioso, pero no parecía haber más sonido que el monótono y disonante ruido del interior de la cafetería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el tiempo carente de esencia misma, jamás tuve que abandonar la cafetería por urgencia de ningún tipo. Más bien debía ser yo el que no entendía el significado del tiempo, porque ella poseía un reloj y lo consultaba con frecuencia. De igual modo, el espacio, tan inconsistente para mí, se encontraba perfectamente referenciado para ella por dos vectores que buscaban la puerta de salida. Antes de que pudiera darme cuenta, me besó en la mejilla y se fue, dejando una estela de su dulce perfume por la cual pude seguirle el rastro hacia la puerta de cristal. Ni que decir tiene que la puerta ya no era la misma, si es que antes realmente hubo puerta. Intenté abrirla y entonces me di cuenta de que alguien la bloqueaba. La transparencia del cristal importaba poco a su imagen, que optó por ignorar las leyes físicas de las que se hablaba en el mundo real y no atravesarlo. Forcejeé con esa persona durante un buen rato, obsesionado por reconocer su cara. Un sudor pegajoso acabó reptando por mi frente mientras yo empujaba aquel plano caprichoso contra el desconocido. Tanto tiempo transcurrió que incluso llegué a dudar si en efecto me enfrentaba a una persona, y tuvo que ser la duda misma la que venció a la fuerza que se me oponía, porque cuando me detuve a raíz de mi titubeo descubrí que ya no necesitaba esforzarme por mantener la puerta en su sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para salir, tan sólo tuve que descorrer un cerrojo y girar un pomo en los que jamás reparé. La calle irrumpió en mí con una faz completamente distinta a la que recordaba. Los muros eran anchos y altos, sin ventanas, con una trama de ladrillos propia de las ilustraciones de un cuento, cubiertos de nieve en algún punto desconocido. El suelo enterraba la base de estos en forma de una espesa capa de nieve satinada. El cielo era idéntico al suelo. Ella no estaba, aunque de algún modo sabía que se encontraba cerca. Tampoco pude ver al ser sin imagen, concepto que en su profunda incoherencia me aterraba. Sospechaba que ambos paseaban juntos a través de algún callejón paralelo, pero no conocía aquella ciudad. La caminata repentina me había cansado. La cafetería de Tomás ya era un sueño, un lugar de leyenda, como el triángulo de las Bermudas o la cueva del Yeti. Los transeúntes se movían en vertical, de arriba abajo, en forma de finos copos de nieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La única silueta humana tangible que encontré en el entramado indefinido de callejuelas era menuda, cubierta por un abrigo marrón oscuro, tal vez rojizo, del color de los ladrillos, con el pelo lacio, rubio y sedoso y la piel tan blanca que se confundía con el continuo cielo-tierra del entorno. Sostenía un objeto extraño entre sus manitas inocentes y temblorosas. Descargué todo mi ímpetu inquisitorio sobre la pobre criatura. Quería saber más. Quería saberlo todo sobre aquella ciudad de juguete construida con piezas de Lego monotemáticas. Quería saber dónde estaba ella y quién la acompañaba. El chico me mentía con una sonrisa cándida y una mirada desafiante. No dijo nada. En ningún momento pretendió decir algo. Mas, de algún modo, podía interpretar sus gestos con la definición propia de un mensaje escrito. Él no me mentía, sino ella. La mujer de la cafetería no era la misma que yo buscaba. Se encontraba detrás de mí. Todo esto se presentó en mi mente como la mayor de las obviedades posibles: la propia imaginación manipulada por una voluntad externa en un período de laxitud creativa. Perdí la capacidad de pensar. Los sentidos transmitían impulsos que convergían en un plano muerto, donde los pensamientos se distribuían con la misma lógica simple por la que se atribuye complejidad y caos a los granos de arena de una playa o a los copos de nieve en un cielo gris invernal. Ansiaba dar explicación a todo lo que me rodeaba, cada ladrillo deforme, cada grano, cada frágil copo de nieve; pero ya era tarde, yo me había vuelto idiota y mi cabeza se colapsaba como las paredes de un volcán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté a tiempo para escapar de mi particular Pompeya, aunque aún recibía los atronadores ecos de la erupción en la oscuridad del salón. Aguardé a que el sonido interior remitiera, inhalando y conteniendo en los pulmones una bocanada de aire helado y sombrío. El techo, las paredes, la decoración escueta, la mesa, un par de sillas, la televisión emitiendo un programa insustancial; eran indicios de mi regreso. Observaciones claras. Experiencias precisas. Frío. Sopor. El calor atrapado entre la gruesa manta de lana y mi piel. Y, por fin, capacidad para razonar, no la suficiente como para entender el sueño, pero sí para levantarme y poner fin a la charlatanería de la televisión. Todo en aquel espacio hexaédrico se hallaba revestido de una simplicidad abominable. Los sonidos procedentes de su interior, resumidos en una línea de alta frecuencia raspándome los tímpanos, cesaron. Pasé de nuevo a ser la única fuente de inteligencia en la sala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino de regreso al sofá resultó agotador, con cada paso absorbiendo el frío a través de mis pies desnudos y transmitiendo esta sensación al resto del cuerpo. Tiritaba. La manta me acogió amablemente. La atmósfera bajo su superficie aún permanecía caliente y húmeda, impregnada de mi propio olor, aguardando mi reentrada. Fue entonces cuando detecté un movimiento en el espacio exterior. Allá donde debería haberse emplazado el vacío, ahora circulaba el aire. Sin ventanas violadas. Sin radiadores vertiendo una cascada ascendente y sofocante. Culpé a los caprichos de la física, aunque el recelo me obligó a dar la espalda al sofá y comprobar que mi universo isentrópico mantuviera su condición. Paso a paso, jadeo tras jadeo, atravesé la oscuridad guiándome por el tacto rugoso y frío de las paredes. Los restos pulverulentos de yeso y el polvo se acumulaban en las yemas de mis dedos, dotándolos de un desagradable roce aceitoso. Odiaba aquella sensación. No obstante, intuí que había algo más grave sobre lo que preocuparse, y lo hice a tiempo, antes de que una posible sorpresa me hubiera hecho perder la cabeza y gritar preso de la histeria: la puerta de la calle me sonreía con su boca vertical de labios planos; alguien la había abierto, bien para salir o bien para entrar; ambas idea resultaban igual de aterradoras. Me precipité sobre ella para cerrarla, como si hubiera podido contener la embestida de un fantasma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Curiosamente pensaba en ti. Me preguntaba si estarías a salvo del pavor que yo sufría en esos instantes. Luego, contribuyendo a mi propia tranquilidad, llegué a creer que habías sido tú la que había abierto la puerta del piso. Escapar o entrar. Abrazarme o abandonarme. Ambas ideas me aterraban de igual manera que las otras. Logré recomponerme al cabo de uno o dos minutos, suficiente tiempo para que dejaras un mensaje en algún aparato electrónico perdido en mi apartamento. La pantalla líquida rezaba: “Él me persigue. Tengo miedo. Necesito tu ayuda”. El esfuerzo por entenderlo me empujó a salir a la calle. Aún arrastraba la mano por la pared, la cual acuciaba el tacto suave de mis dedos. El frío y el tacto aceitoso convergieron en algo pegajoso y oscuro, más oscuro que el propio ambiente; eran líneas paralelas adornando las paredes, todas ellas del color de la sangre, desprendidas de mis uñas desgarradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sangre no era mía. De nuevo, se me preparaba para contemplar un nuevo horror. Había descubierto a la figura misteriosa del sueño, frígida, pálida y exanguinada de un disparo certero en el pecho, y me había manchado con su sangre. Formaba parte de un hombre tan desconocido para mí como conocido para ti. El hombre ignorado. El tercero de este cuento de terror. El inicio de la verdadera pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí a la calle para contemplar el transcurso natural de la experiencia. La nieve continuaba allí, aunque los bloques de ladrillo se parecían un poco más a los de mi calle. Había hallado un cadáver, me había manchado con su sangre y había recogido una brillante pistola a su lado (de esto último tan siquiera me acordaba). Por suerte, en las pesadillas no hay autoridades, en la medida en que nadie ahí fuera se preocupa realmente por ellas. Los rótulos y las insignias de la culpabilidad son mucho más efectivos a espaldas de la realidad. De todas formas, aunque hubiera tratado de huir no habría podido. Los sueños no se construyen sobre la voluntad de uno mismo, sino que imponen sus propias pautas y te convierten en una marioneta. El conocimiento de lo que ocurre o irremisiblemente va a ocurrir transmite esa reconfortante sensación de libre albedrío. Nada más lejos de la realidad, precisamente en el lugar donde la realidad no se discute. El aliento de la libertad es falso. De hecho, ni siquiera hay aire. Yo era consciente de ello. Por eso me asfixiaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis pasos (y esto no es una metonimia) me llevaron de vuelta a la cafetería de Tomás en mitad de la noche. Llegado a tal punto, no podía recordar el resto del sueño, o incluso si éste llegó a ser pesadilla en algún tiempo anterior. Sin embargo, los actores de él acudían con claridad a mi mente en contraste con el fondo borroso. Tú, yo, la gemela malvada, la figura desconocida tendida en el suelo, el niño, mi ángel celestial velando por mí… Faltaba alguien en la enumeración. Mis nervios se crisparon; el corazón llevó su cadencia a un límite psicodélico, siendo inevitablemente acompañado por la respiración. Aceleré el paso y estreché el espacio-tiempo relativista con falsa sensación de poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El interior de la cafetería era un prisma macizo y translúcido que refractaba una luz oculta, proyectando colores difusos en el espacio de la noche. Los colores a aquel lado del cristal tomaron forma cuando atravesé la puerta y penetré en el prisma. Los rojos se fundieron con los muros. Los claros con la nieve. Los grises con el cielo. En cambio, la luz desconocida ahora cobraba sentido. El interior de la cafetería de Tomás era el de siempre, con todos los elementos característicos ocupando su posición. Tú, o tu tergiversación, estabas también allí esperándome. Caí entonces en la cuenta de que no sólo había regresado a la cafetería de Tomás, sino también a un punto anterior del sueño. En tu mirada trataba de discernir si la reversibilidad existía en aquel mundo; si el segundo principio de la termodinámica podía quebrantarse y completarse un ciclo dando marcha atrás por el mismo camino. ¡Que soberana estupidez! A pesar de que todo permaneciese inalterable tanto en el interior de la cafetería como en el exterior, la pistola en mi bolsillo y la sangre en mis manos me situaban al final del ciclo con algo a punto de decir: él había muerto. Nada en ninguna de las realidades era reversible. Mis dedos dejaron una huella en la mesa que atrapó tu mirada llena de pavor mientras yo soltaba las excusas propias de un niño pequeño. ¡Yo no maté a aquel hombre! El arma y la sangre habían caído sobre mí como traviesas trazadoras de un gráfico de infortunios discurriendo a través de una nube de puntos en la hoja del estadista. Me culpaba a mí mismo y tú tan siquiera habías pronunciado una palabra. Era yo otra vez. ¿Pero quién era yo allí? ¿Qué representaba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La risa agitó tus labios. Tus ojos azules eran dos ángeles que mi corazón siempre había reclamado. Dos espíritus poderosos cuya voz debía obedecer. Dos demonios del infierno carcajeándose de mí. No habría rezo o súplica que pusiera fin a aquella pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gemela malvada había regresado. Falso. Realmente nunca llegó a moverse de mi lado. Era la sempiterna imagen de una frustración observada desde el palco, lugar donde las tragedias no tienen alcance alguno, tan parecida a mí que yo no dejaba de buscar constantemente los bordes del espejo en el aire. Reflexiones y reflejos. La sala de los espejos en la feria del pueblo. Tu imagen magnificada, desproporcionada o multiplicada hasta la saciedad por superficies matemáticas; sólo que aquello no tenía ninguna gracia. Intenté hacer callar a tu gemela para preguntarle por tu paradero. ¡Otra ingenuidad! ¡Ella se encontraba convencida de ser tú! ¿Qué me iba a decir? La pobre no tenía culpa de nada. Alguien la había fabricado y colocado allí para hacerme compañía. No paraba de reírse con risa aguda e insultante; la risa desprovista de causa que se alimenta de su propia esencia pestilente, forzada a colapsarse en su propia estructura de bucle acoplado disparado hacia el infinito. Como un necio, esperé a que pasara algo. ¿En eso consistía la pesadilla? ¿En esperar? En tal caso, se me presentaba un panorama aterrador; el ser humano no se cansa nunca de adular a la esperanza, esa patética y engreída musa obesa cebada de ilusiones indigestas que acaba regurgitando sobre él con un regusto parecido a los efluvios del estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vomité. O tuve ganas de vomitar. Tenía la boca llena de un líquido grumoso que desbordó mi labio inferior y se derramó sobre la mesa. Recordé el cadáver del desconocido. Su cara me sonreía. Todos se reían. En efecto, era vómito. Su intenso olor a bilis lo revelaba todo y me hacía llorar, como cuando de pequeño enfermaba a causa de algún alimento en mal estado y lo vomitaba por la noche de camino al cuarto de mis padres. Me sentía avergonzado, cubierto de los pies a la cabeza por aquel hedor agrio. El gentío de la cafetería procuraba ignorarme, pero yo sabía que estaban cuchicheando y bromeaban sobre mi situación. Sus ojos desviados, sus bocas entreabiertas, sus figuras transmitiendo el suave movimiento de las bolas de billar sobre el terciopelo. Me lo merecía. Había hecho el ridículo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me puse en pie violentamente, deslizando la pistola fuera de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Aquello no apagó las risas del público. Tan siquiera provocó algún comentario o gesto de más o de menos. Simplemente pasó desapercibido. Todo el mundo había estado esperando aquella reacción de mí. Yo me había convertido en el único sorprendido. En el ingenuo. En el tonto. Sin embargo, no podía permitir que la incoherencia dominara mis actos, por lo que alcé el arma y canalicé mis intenciones por el cañón hacia la gemela. Mi cráneo se venció bajo el peso de las risas, aplastando el resto de mi cabeza contra afiladas esquirlas. El corazón intentaba sostener lo que su compañero racional perdió. El alza y la mira de la pistola se diluyeron, perdieron sentido. Podría haber estado apuntando al techo convencido de que el disparo alcanzaría su deseo. El dedo del gatillo pulsó el vacío, doblándose como lo hace una viga endeble colgando del resto de la estructura bajo su propio peso. Su rigidez, su tacto eran imaginarios. No había nada entre mis manos más que sangre, polvo y vómito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese instante, el niño emergió de la multitud rebosante de satisfacción con un juguete entre las manos que me resultaba familiar. Le increpé con la mirada por haberme robado el arma, pero su excusa se manifestaba en aquel juguete de aspecto inofensivo con forma de pistola. No se parecía a la que encontré. Tan siquiera revelaba funcionalidad alguna. Cuando devolví la mirada a la mesa, ella se había marchado ya, dejando un rastro alargado de sangre en dirección a la puerta que se prolongaba hacia el exterior y fundía lentamente la nieve. Salí corriendo detrás de la gemela en el siempre desquiciado propósito de hallarte a ti, a la Aurora real. El mayor temor al que trataba de sobreponerme era encontrarte sin vida, muerta como la figura misteriosa. Pero no. Si la ilusión existía, su origen debía residir en algún lugar, tal vez demasiado recóndito o, por el contrario, demasiado evidente para que un simple observador como yo diera con él. El camino de sangre era más explícito. Su trazado sinuoso hipnotizaba mi atención. Me dejé arrastrar por su influencia dejando atrás opacas esquinas carentes de sombra y aceras y calzadas perfecta y odiosamente paralelas que convergían más allá de un punto imaginario. El aire despedía luz. Era luz. Las sombras se fundieron con su origen. Perdí el sentido de la orientación, aunque ya daba lo mismo: me movía por las líneas de un campo cuyo sumidero desconocía. De nada servían el sol, la luna o las constelaciones, puestas allí arriba por algún dibujante de viñetas de cómic.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cafetería de Tomás apareció en la siguiente calle y el rastro se dirigía directamente hacia allí. Habías vuelto a buscarme al lugar de partida y yo, estúpido, no fui capaz de esperar unos minutos. Debía ayudarte. O necesitaba ayudarte. Daba lo mismo. Ambas maneras de expresarlo resultaban equivalentes en la medida en que la necesidad había llegado a convertirse en un deber dentro de aquel mundo. Tu sangre sobre el contraste blanco y frío arruinó la poca templanza que quedaba en mí. Es difícil correr en el aire gelatinoso de muchos sueños. Los pies se hunden en el suelo. Los pulmones se obturan. Cada movimiento adquiere una cadencia parsimoniosa por la que acaba perdiendo su cometido. Y aun así, fui capaz de llegar a la cafetería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El interior se hallaba vacío ahora, y el único signo de vida era la flamante mancha de color escarlata, aún fluida y caliente, dibujando una cinta sinuosa entre las mesas. Aquello carecía de sentido. Había llegado al final y al principio del rastro, que abandonaba de nuevo el lugar por la puerta sin bifurcaciones o interrupciones. Un ciclo cerrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan sólo existía una respuesta acorde al pensamiento simple y contundente de la esfera real, coherente con los sucesos del sueño y capaz de dar sentido al círculo de sangre del que yo representaba un punto. Incliné la mirada lentamente hacia mi pecho. La camisa que lo cubría se encontraba empapada en sangre, que escurría hacia el suelo con un caudal desolador. Mi sangre. Era imposible. No hay tanta sangre en un cuerpo humano como para cubrir media calle y, al mismo tiempo, mantener a su dueño con vida. Aunque claro, nada tenía menos lógica que la ausencia de dolor. Incluso hurgando en la herida no sentía nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue dicha insensibilidad la que acabó conmigo. Mi mejilla se sumergió en la sangre del suelo antes de que pudiera sobreponerme a la consternación. La bala me había atravesado de delante a atrás a través del pecho, probablemente a través de un órgano ya inútil. Quizás perdí el pulso cuando te vi por última vez y por eso la sangre no salía disparada de mis heridas, como en las películas de Tarantino. ¿En qué lugar? ¿En qué momento? ¿Quién? O eso preguntaría el inspector de policía a mis espaldas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luz. Entró a mi cabeza hueca como el ventanuco abarrotado de una celda oscura. La luz blanca, difuminada e isótropa de la pesadilla. La nieve crepitó como el fuego bajo rítmicas pisadas cada vez más próximas. Sorprendentemente, podía mover las extremidades, aunque poseían la misma elasticidad que las de un muñeco de plástico. Se doblaban sobre ejes transversales alargados y rotaban deslizándose sobre esferas groseras. En cambio, el torso y la cabeza compartían el mismo eje de giro central. Pese a mi limitada movilidad, conseguí darme la vuelta justo a tiempo para comprobar quien quería jugar conmigo. ¿Tú? Que idea más absurda: las mujeres guardaron las muñecas con sus respectivos muñecos en el baúl. Obviamente, se trataba de un niño. El niño. El niño hijo de puta. Yo le dedicaba la eterna sonrisa desfigurada y triste que una mano barata pintó sobre mi rostro. Me agarró con sus manitas y me devolvió a una perspectiva cómoda. Entonces advertí de nuevo la pistola en su mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me preguntó si quería abandonar la pesadilla de una vez por todas. Despertar. Retornar a mi acogedora sala de estar, con la televisión emitiendo un suave murmullo blanco y una tenue luz azulada. La imagen más maravillosa que jamás pudiera haber deseado. Claro que sólo pude negarme. ¡Era un muñeco! Los muñecos sólo pueden negar con la cabeza, moverla de lado a lado sobre el eje que cruza su corazón, su estómago y su entrepierna. Quise tirarme sobre la nieve y llorar. No habría solucionado nada, aunque observar como la pesadilla transcurría sin más tampoco. La variedad de personajes dispares únicamente restaba sentido a mi propia esencia dentro de aquel mundo. Mirar, escuchar, tocar y perseguir era lo único que se me permitía allí. Las superficies eran elásticas. No dejaba huella sobre ellas. Incluso la nieve se había tragado mis pisadas. Un simple observador flotante. Un fantasma barato. Una muestra de que el observador no es siempre la persona más objetiva. ¿Quién me devolvería esa sensación de verdad que tanto echaba en falta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acusé al niño de dispararme. Él me mostró de nuevo la pistola, giró sobre sus talones y echó a correr entre risotadas forzándome a jugar a juegos de patio. Me sentía ridículo, de nuevo, y repleto de pensamientos sádicos hacia el mocoso. Sin embargo, desear estamparle la cabeza contra un muro me enfrentaba al mismo tiempo al desasosiego de la culpabilidad más atroz que el hombre puede conocer. Pese a que lo alcanzara, tendría que emplear todas mis fuerzas para ponerle realmente la mano encima. Mas nadie clavaba una bala en mí sin más. Sin explicación. Sin una segunda bala ajena a mi propia piel que la justificara. Una lógica absurda en palabras reales, pero muy recurrente en la mitología. Porque cuando en mitad de la carrera endiablada, de súbito, supe quien era ese niño, comprendí que quería verte muerta. Muerta por mí. Muerta por él. Muerta como yo lo estaba con un proyectil ardiente precipitándose sobre tu pecho. Y que aquel mocoso aún te dejara vivir era lo que realmente me desquiciaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tú, tu gemela o quien quiera que te representara saltó sobre mí y me retuvo antes de cometer una abominación: destrozar mi propia ingenuidad pueril, que se perdió en la suave ventisca invernal. Pero no me sentía ni mucho menos agradecido. Te aparté de mí y me senté de espaldas al muro de esquinas infinitas que me había acompañado durante la pesadilla. Los pasos acelerados del niño se extinguieron poco a poco más allá de donde una gruesa bruma se apropiaba de toda la luz posible. Al cabo de un rato, sólo me sentí iluminado por la fluorescencia vidriosa de tus ojos. Me habías dejado completamente desconcertado. Acababas de interrumpir mi tentativa de destrozar la única posibilidad de que estuviéramos juntos y, pese ello, mirarte me dolía. No podías ser tú. Tú me habrías ayudado a descuartizar a aquel angelote perverso que me disparó y dejó una bala en el suspense. Me lo prometiste. Me lo prometiste con cada negativa a mis ambiciosas proposiciones. Aunque claro, tal vez necesites mantener a ese pequeñajo cerca tuya simplemente porque deshacerte de él sería demasiado atroz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que, allí sentado en la nieve, pregunté por ti a tu propia imagen, un chillido agudo y salvaje más allá de la bruma excusó tu silencio. Te incorporase alarmada y yo te seguí, aunque consciente de lo que allí ocurría. Era el grito de un ángel caído, tal y como te habría explicado si mi respiración acelerada me lo hubiese permitido. Los dos permanecimos inmóviles aguardando a que algo surgiera de la niebla. Ese algo, a pesar de carecer de forma, resultó casi tan contundente como un cuerpo de una tonelada: el sonido atronador de una pistola descargándose en una cámara de resonancia, tras el cual la quietud anterior no alcanzaba a ser tan siquiera una mera pantomima del verdadero silencio. En contraste, al cabo de unos pocos segundos, la nieve crujió estruendosamente contra un cuerpo que se arrastraba y que se dirigía hacia nosotros con parsimonia. El difuso telón de diminutos copos de nieve dio paso, a su modo, a otro acto macabro: la sombra se transformó en el niño, y el niño proyectó una sombra roja y alargada sobre el suelo, caliente, con vida propia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te precipitaste hacia él y yo intenté contenerte, aunque la atosigante sensación de periodicidad que me provocaba la certeza de hallarme en un ciclo contuvo mi mano, conscientemente inútil, perfectamente al corriente de lo que estaba a punto de suceder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese auspicio enmudeció la siguiente bala. El proyectil apareció sin más y te tumbó. Sin sangre. Limpiamente. Visto desde atrás, resultaba hasta hermoso. Tus cabellos ondearon en la refriega entre la gravedad y el empuje del aire antes de ser completamente arrastrados por el resto de un cuerpo muerto. Aún cuando tu carne yacía desprovista de vida, tu pelo la retuvo unos instantes antes de empaparse y perder su brillo para siempre. Más allá no había nada más que nieve. De nuevo, la ausencia resultaba mucho más aterradora que la presencia, con el aspecto de la figura misteriosa que me retuvo en la cafetería al principio de todo. Era ella. Era ella, aún después de creerla encarnada en un cadáver. Acechaba en algún lugar del callejón. No pude dar tan siquiera medio paso para adelante. No hasta llegar a percibir algún signo de realidad. Un reflejo. Una sombra. Un susurro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los copos dibujaron una silueta siniestra de bordes tan difuminados que parecían imbricarse con los haces de luz de un foco azulado más allá de la bruma. Hasta el momento me había sentido deseoso de conocer el origen de la sombra; sin embargo, mis inquietudes no acostumbraban a recibir respuestas físicas y el hecho de que una de ellas estuviese a punto de revelarse me hizo temblar de miedo. El temblor tardó poco en convertirse en movimiento. Las alas de la figura misteriosa no aparecieron en la niebla. Eran la niebla, tan enormes que su fútil y esporádico aleteo levantaba una auténtica ventisca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para entonces, yo ya había tratado de desaparecer por el callejón sin demasiado éxito. El ángel se movía más rápido que yo, adelantándose a mis movimientos incluso cuando ni yo mismo era consciente de ellos. De algún modo, aquel ser ejercía algún tipo de control sobre mí. O eso, o simplemente me conocía mejor de lo que yo nunca podré llegar a conocerme. “El observador no es siempre el más objetivo”, recordé. Mirar siempre es subjetivo. Obrar crea objetividad. Causa y efecto. Yo corría y corría, pero él volaba cada vez que yo torcía una esquina, situándose tras de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exhausto, me volví para mirarlo a la cara, y, demasiado tarde, fui consciente de la estupidez que había cometido. No había espejos en el aire. Donde pretendía encontrar un rostro idéntico y muy parecido al mío sólo vi un borrón gris carente de expresión humana. Intenté reanudar la carrera, pero mis piernas fallaron y me desplomé de rodillas sobre la nieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así terminaba todo, como en el principio de la pesadilla. Un disparo silencioso por la espalda. Sólo que aquella vez pude determinar el momento preciso del mismo, sin esperar a que la sangre lo marcara de rojo. No morí. En los sueños no se muere. Te quedas completamente inmóvil. La atmósfera parece descomprimirse y absorber todo el aire de tus pulmones. Las imágenes nítidas son sustituidas por manchas, puntos y rayas de brillos contrastados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego nada. Más allá de la nada, sólo está la vida real, lugar donde el significado de las cosas desaparece y los fenómenos estocásticos reinan de nuevo. Las voluntades fallecen y nadan por el mundo unas junto a otras atrapadas en las corrientes laminares o turbulentas del Aqueronte. No me alivió nada despertarme de la pesadilla, donde todo, más tarde o más temprano, se había resuelto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atrapándome yo mismo en la manta que envolvía mi cuerpo sobre el frío sofá, tuve que volver a conformarme con las explicaciones superficiales, asumiendo que las profundas eran eso: parte de un sueño o pesadilla. Las personas reales no se desdoblaban en múltiples personajes alegóricos. No vivían con heridas en el corazón. No resucitaban. ¿Por qué? Porque sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no pude dormir hasta por la mañana. Tal y como me sucedió en la pesadilla, estás leyendo el principio de la carta, no el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo que acabaré con una curiosidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco tiempo de plantearme escribir esta carta, distinta a cualquier carta que hubiera deseado escribirte desde hace tiempo, descubrí que realmente había un mensaje tuyo registrado en mi teléfono móvil. Éste rezaba: “He discutido con Carlos. Necesito hablar con alguien. Llámame si estás despierto, por favor”. Tal vez lo leí cuando me levanté a apagar la televisión. Puede que lo hiciera antes. No sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había nada que hablar y es por eso por lo que no te llamé. El terror diferido de la pesadilla me había despojado de elocuencia verbal para dar una contestación inminente. El papel, en cambio, me ha serenado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quiero hablar contigo. No sé de qué quieres hablar. No tiene cabida alguna cuando no soy capaz de saber si eres realmente tú la que apareces en mis sueños o, por el contrario, esa calcomanía de tu imagen en el reverso de mis párpados. ¿Cuáles son las posibilidades? ¿Cuántas personas han jugado el mismo sorteo? ¿Qué arriesgo? Me hago estas preguntas y me veo a mí mismo en la pesadilla corriendo en círculos, abriéndome mis propias cicatrices en el intento visceral y estúpido de sofocar al picor que producen. Así pues, resolveré la situación de una forma imprevista para los espectadores de esas películas absurdas cuyo colofón lo componen personajes clónicos y un ser querido tratando de buscar una señal que distinga al original del impostor:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lárgate de mi vida. No es, ni mucho menos, un final feliz, pero es el mejor final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué digo! Tan siquiera es un final. Porque llegará el invierno y, al margen de la fortuna o la desgracia, el azar, el mismo azar que dibujó la trayectoria aleatoria de los copos de nieve, que dividió las gotas de lluvia sobre el cristal en un árbol impredecible o que arremolinó las nubes sobre la taza de café en formas algodonosas, traerá otra mujer a mi vida que me sumirá en la más dulce y horrible de las dudas. De cualquier modo, las noches de febrero nunca me permitirán dormir en paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay despedida. Sólo una recomendación: si no has entendido cualquier fragmento de esta carta, no pierdas el tiempo en volverlo a leer: probablemente careciera ya de sentido cuando lo escribí. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6405735728230582659-5541106710840957336?l=lineasvanas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/5541106710840957336/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/una-leyenda-de-febrero.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/5541106710840957336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/5541106710840957336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/una-leyenda-de-febrero.html' title='Una leyenda de febrero'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6405735728230582659.post-6325465693438584820</id><published>2009-10-07T17:59:00.006+02:00</published><updated>2009-10-07T19:54:19.283+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='¿Por qué escribimos?'/><title type='text'>¿Por qué escribimos? "Hacia un atractor extraño" (1ª Parte)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y, de nuevo, caemos en el error de preguntarnos por qué hacemos las cosas. Ocurre constantemente, una y otra vez, sin advertir que nos aproximamos a un vórtice lento y profundo. Nuestra propia vida suele &lt;span id="SPELLING_ERROR_0" class="blsp-spelling-error"&gt;intrigarnos&lt;/span&gt; más que las vidas de otros, pese a que la conocemos mejor que nadie. Convertir el "pese" en un "porque" y unir las dos proposiciones es la única forma de resolver tal paradoja, esa en la que se basaba el aforismo de &lt;span id="SPELLING_ERROR_1" class="blsp-spelling-error"&gt;Sócrates&lt;/span&gt;: "Sólo sé que no sé nada". Aquello que nos fascina es lo que conocemos, y nos fascina tanto que no rehuimos sacrificar parte de nuestra arrogancia natural por saber más. Las "otras personas" somos aburridas por naturaleza. Ni siquiera el cotilla o el observador (ambas personas curiosas) actúan bajo la simple pretensión de conocer su mundo y a la gente que lo habita, sino que, bajo esta fuerza motriz aparente, se esconde el &lt;span id="SPELLING_ERROR_2" class="blsp-spelling-error"&gt;cuestionamiento&lt;/span&gt; propio de su capacidad para lidiar con lo que les rodea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Si la motivación por hacer algo consiste &lt;span id="SPELLING_ERROR_3" class="blsp-spelling-error"&gt;verdaderamente&lt;/span&gt; en una pregunta, preguntarnos acerca de una motivación es preguntarnos por qué nos preguntamos, a lo que &lt;span id="SPELLING_ERROR_4" class="blsp-spelling-error"&gt;responderíamos&lt;/span&gt;: "porque me gusta", es decir, "me motiva". Y vuelta al principio. Tal vez esto no sea cierto para nuestras &lt;span id="SPELLING_ERROR_5" class="blsp-spelling-error"&gt;motivaciones&lt;/span&gt; más básicas, las que nos obligan a comer, beber, dormir o &lt;span id="SPELLING_ERROR_6" class="blsp-spelling-error"&gt;relacionarnos&lt;/span&gt;; sin embargo, el "¿por qué escribimos?" no puede rescatarse del fondo de ese remolino, más próximo a lo que se consideraría un &lt;span id="SPELLING_ERROR_7" class="blsp-spelling-error"&gt;atractor&lt;/span&gt; extraño caótico, que ya mencionaba al principio. No sin esfuerzo. No creo en las entelequias. Todo tiene una razón, aunque dicha razón sea la ausencia de condicionamiento (&lt;span id="SPELLING_ERROR_8" class="blsp-spelling-error"&gt;estocasticidad&lt;/span&gt;), que no ausencia de razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;¿Hallar una solución simple a un planteamiento caótico? Va a ser un largo camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Encontrar una respuesta convincente no será fácil, pero la iremos descubriendo adherida a una inevitable cadena de preguntas. Mientras tanto, este blog atajará la cuestión inicial bajo la asunción de que una motivación no es una pregunta interna, sino una respuesta que se deposita en su entorno, &lt;span id="SPELLING_ERROR_9" class="blsp-spelling-corrected"&gt;constituido,&lt;/span&gt; en este caso, por quienes lo leen o leerán. Dicho de otro modo, si el fundamento de este blog es el hacerme a mí mismo la pregunta de si soy capaz de crear una respuesta, entonces la motivación será una respuesta.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6405735728230582659-6325465693438584820?l=lineasvanas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lineasvanas.blogspot.com/feeds/6325465693438584820/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/por-que-escribimos-hacia-un-atractor.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/6325465693438584820'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6405735728230582659/posts/default/6325465693438584820'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lineasvanas.blogspot.com/2009/10/por-que-escribimos-hacia-un-atractor.html' title='¿Por qué escribimos? &quot;Hacia un atractor extraño&quot; (1ª Parte)'/><author><name>Miguel L. Navarro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14561910294984953373</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
